ARMIÑÁN Jaime de (1927-_)

Mi querida señorita (Mi querida señorita) (1972: 8.5)

En la onda de cierta comedia americana que jugaba con identidades sexuales (desde Con faldas y a lo loco hasta El graduado), y auspiciada por una espléndida tradición española de películas sobre solteronas sufridoras, desde Cielo negro y Calle Mayor hasta La tía TulaMi querida señorita es una obra tan seria y emocionante como impensable y desarmante en la España de principios de los años setenta.

Jaime de Armiñán, amparado en un estupendo guion coescrito con Borau, triunfa rotundamente con una película heterodoxa sobre una mujer que descubre que, en realidad, es un hombre. La interpretación de José Luis López Vázquez es creíble y veraz y el resto del reparto está a la altura de semejante apuesta argumental: la dulce Julieta Serrano, el contundente Antonio Ferrandis, una celestial Mónica Randall y dos secundarias de lujo, Lola Gaos y Chus Lampreave.  

La película, que he vuelto a ver en la Filmoteca Española (junio, 2013) en una sala semi-vacía donde el 80% del público éramos hombres, se mantiene en frágil equilibrio sobre una fina línea que separa la comedia del drama, la risa (todas las referencias a los paquetes) del llanto, lo verosímil de lo absurdo. Y lo consigue. El cambio de mujer a hombre por parte de López Vázquez se hace sin estridencias: es estupenda la presentación del “nuevo hombre”, con la cámara colocada detrás de Juan (antes Adela) por las ajetreadas calles de Madrid. Lo único negativo del film quizá sea el martilleante uso de la música en momentos de dramática epifanía.

Mi querida señorita es un retrato de aquella España en la que Madrid era símbolo de liberación personal y libertad frente a las provincias, los curas modernos reivindicaban el cuerpo sano y las jóvenes llevaban minifalda y se rebelaban contra sus padres. Una España en la que personas como Juan (antes Adela) ha de aprender a vivir consigo mismo y con los demás a la no tan tierna edad de 43 años. La película es un sincero e, insisto, desarmante alegato a favor de la individualidad y el derecho a tener segundas y terceras oportunidades en una vida que nunca da marcha atrás. Nunca es tarde, parecen decirnos Armiñán, Borau, López Vázquez y Julieta Serrano. Toda persona tiene derecho a reinventarse, amar y ser amado. Al menos, tiene derecho a intentarlo. 

Y yo me emociono, qué le voy a hacer, en la escena final entre Julieta Serrano y López Vázquez, cuando ella admite (sin querer) que conoce la anterior identidad de su novio; frase  equivalente al famoso “Nadie es perfecto” de Wilder, pero aquí su efecto es más franco, profundo y conmovedor.