ZULUETA Iván (1943-2009)

Arrebato (Arrebato) (1980: 5.0)

La gente de cierta edad verá hoy Arrebato para comprobar si siguen siendo modernos o se han hecho unos rancios de café, copa y James Ivory.

Los más jóvenes, si es que los más jóvenes aún ven cine, medirán su propio estatus de modernidad verificando si Arrebato les fascina, les descoloca, les pone a mil o nada.

En cuanto a mí, que he visto por segunda vez Arrebato en la Filmoteca, tengo tantas pegas como puntos a su favor. No creo que esté envejeciendo bien, aunque los fans acérrimos y “cool” de este tipo de películas de culto te mirarán como si fueses un cursi o un fan del cine de Garci (que, por cierto, lo soy).

Arrebato, vista hoy, me parece una brillante sucesión de crípticas imposturas. Una escasamente sutil narración semi-experimental que tiende al ensimismamiento artístico y acaso ético. Atolondrada e hiperactiva ante la realidad circundante que salía del franquismo, Arrebato se enmarañaba entre cuatro paredes dejándose mecer por la heroína, los tebeos, el sexo, la psicodelia, el diseño de interiores y las cintas de vídeo. Cine de ráfagas, apariciones, obsesiones; con gotas de fantasía, terror y humor heterodoxo. Arrebato puede verse de cien maneras distintas, pero aquí propongo dos: como metáfora de la breve e irregular Movida y como febril alegato a favor de la evasión de la realidad.

“Cuidado con la realidad”, nos recuerda Daniel Innerarity en un artículo en Babelia (junio, 2013). Y en su defensa del pensamiento débil y del relativismo, señala: “No hay libertad sin resistencia, a falta de la cual acabamos girando en el vacío de la autoconfirmación, la obstinación, el fanatismo y la locura. Nuestra cordura se la debemos a la falta de docilidad de las cosas y a la contradicción de los demás”.

¿No quedaría esto desmentido en Arrebato, una película de resistencia y locura, de pensamiento débil y sensaciones fuertes?