FULLER Samuel (1912-1997)

The Naked Kiss (Una luz en el hampa) (1964: 9.0)

No hay inocentes plenos ni culpables al 100% de sus culpas. Es el conjunto de las relaciones y presuposiciones (pesos) sociales el que dicta sentencia, en buena medida. Un jurado popular, que no libre: son el pueblo. Las ataduras son los propios vínculos que se establecen entre sus miembros y la tradición, los miedos, prejuicios y expectativas.

La prostitución y la pederastia, temas de hoy y de siempre, el primero aceptado con manga más bien ancha, y el segundo rechazado por todo el mundo, acaso hasta por los propios pederastas (pero, atención, el pederasta es quien abusa, con o sin consentimiento, de un niño o una niña... Una adolescente de dieciséis años, pongamos, NO es una niña: si existe consentimiento entre las partes, por favor, ¡no hablemos ahí de pederastia!).

La mano de Fuller es energética, inquilina de su inquietud, no está a gusto en el simple análisis o la historia de toda la vida, va más allá, entresecando del sembrado verdades como puños sobre la naturaleza humana, definible como transmutable e interminable “shock corridor”.

La prostitución, la pederastia, pecados religiosos y laicos, no son asumibles a viva voz. Otra cosa es que todo el mundo sufra sus momentos de debilidad y desconcierto, o se encuentre alterado por necesidades económicas o aburrimiento intelectual (pues lo que leían o leemos no nos hace mejores; o acaso sí Elizabeth Costello...).

Fuller se muestra duro y seco como un martillo, y sus vías de escape (“outlet”, escribiría en inglés, que no “concesionario”) son las ensoñaciones de los personajes principales, que necesitan ausentarse de la pesadilla en que puede convertirse el vivir en sociedad.

Somos frágiles y, como señala con agudeza cristalina Constance Towers al final de su pesadilla, cambiamos de parecer y de chaqueta de la noche a la mañana. Somos así porque no fortalecemos la razón y, por tanto, carecemos de opiniones construidas. Hablamos de oídas, desde supuestos y convenciones que se engendran en la roma versificación (aun libre) de la organización grupal, los rituales heredados y las nuevas tendencias.

Pero hay margen de maniobra, siendo esto difícil. Fuller, pese al fragor de su furia al enseñar lo complicado que es huir del pasado y de los pesados, se enfrenta a los determinismos sociales que parecen irrevocables (así como un orden natural), cuando son esforzadamente derrotables.

La victoria pírrica es suficiente. Nuestra heroína, ex-puta, ex-enfermera ejemplar que soñó con la boda y con la romántica Venecia, abandona el pueblo que la vio florecer tras su pasado de prostitución. No se marcha como Mary Poppins, pero casi. No como John Wayne en The Searchers, pero no está tan lejos.

Su futuro (el de nuestra heroína Towers) está por escribirse y, aunque volverán tenues o poderosas las pesadillas de los prejuicios reaccionarios (o mero sentido común, a veces), parece que su luz, ya no sólo en el hampa, la guiará en la búsqueda plausible, fatigosa, de una relativa felicidad, o algo menos (o es más, o es lo único): la tranquilidad del respeto.

Fuller, realizador de un sobrio cine hiperrealista, neurótico y alucinógeno (hoy Fuller no sería Fincher, no), adelanta las paranoias de Lynch y los trastornos de Cronenberg, como mínimo. Las truculencias hipócritas de una parte de la sociedad norteamericana eran amenazadas por la estaca de Fuller, al que le repugnaban los vampiros sociales.

Agresión, rebelión; la dificultad de soltar el lastre del tiempo vivido (lo vivido: los contactos del cuerpo) y una esperanza nítida aun sin campanas al vuelo son componentes fundacionales de este cine impulsivo y hambriento de espectadores con hambre de manjares potentes, ni elitistas (o sea, remolones) ni regados por el río ketchup (es decir, ramplones).