OZON François (1967-_)

Dans la maison (En la casa) (2012: 5.5)

Hay autores a los que no les vale con contar una historia. Lo cual puede estar muy bien, dependiendo de cuáles sean las “otras” intenciones.

Pienso ahora en el escritor Philip Roth, de quien estaba leyendo estos días su famosa novela American Pastoral. Llegado a la página 120 o 130, he renunciado a seguir. ¿Por qué?

Porque le he cazado en sus trucos. Roth, “en realidad”, no quiere contar una historia. Me he ido dado cuenta y me ha irritado. Pretende a priori, mediante su ambiciosa ficción, enarbolar una Bandera o Metáfora o Fresco de los EEUU: La-Gran-No-ve-la-A-me-ri-ca-na. Su narrativa, así, es inevitablemente artificiosa, pesada como un fardo. ¿Escribe bien Roth? Supongo que sí; o eso dicen. Pero me hastiaba ir comprobando, casi página a página (sobre todo, en algunos párrafos que parecían subrayados “ad hoc”), cómo el escritor norteamericano quería, apenas entre líneas, gritarnos al oído: “Ésta no es la historia del personaje llamado Swede, es mucho más: es alegoría política o símbolo cultural y sociológico de los EEUU en la segunda mitad del siglo XX, etcétera”. A otro con ese cuento.

¿A cuento de qué viene esto?

En la casa, la película del francés Ozon (basada en una obra teatral del español Mayorga) que triunfó en el Festival de San Sebastián en 2012, tiene ese aura molesta y forzosamente ingeniosa del “aquí estoy yo”, "te vas a enterar", “esto es más que una historia”...

Como el Buñuel de Susana o el Pasolini de Teorema, Ozon nos propone otra metáfora del “intruso atractivo” que quiebra la paz, la felicidad y las convicciones de la institución familiar y su discreto encanto burgués. ¿Cómo lo hace Ozon? Con técnicas obviamente teatrales, un estilo aséptico, el lejano pero evidente influjo de Brecht y, sobre todo, con unas ganas locas de epatar(nos) a los burgueses que vemos este cine. Dramáticamente, además, desea ante todo “cerrar el círculo” de la “propia lógica del relato”… 

Admito que los primeros veinte, incluso treinta, minutos de la película son enigmáticos, intrigantes, estupendos. Luego Ozon alarga la anécdota sin motivo, diseñando “twists” forzadísimos, estirando los devaneos con la realidad y la ficción hasta sus últimas consecuencias, haciéndose el listo sin sutileza y optando por la caricatura allí donde podría haber habido más seriedad, humor o reflexión. Y verosimilitud. 

La supuesta meditación sobre los poderes (curativos, morbosos) de la ficción queda reducida, en mi modesta opinión, a un alegato a favor del sensacionalismo: en fin, que la gente no está interesada en las historias bien contadas o en la ficción interesante, sino en saber (incluso ver) lo que está haciendo su vecino, como en La ventana indiscreta pero sin sus matices ni distinción. Esa parecería la lección que nos desea impartir el pretencioso, pero no lo suficientemente lúcido, François Ozon.