FULLER Samuel (1912-1997)

Pickup on South Street (Manos peligrosas) (1953: 8.5)

Por aquel entonces, el todavía desatendido artesano (¿eso se lo llamaron a la cara?) Samuel Fuller no conocía, o no se interesaba por, la complejidad de los movimientos políticos (al contrario que un admirable Chaplin en A King in New York, poco después), lo cual se revela con gran estridencia en Pickup on South Street (Manos peligrosas, título español “a boleo”), en relación a los comunistas, presentados en el film como despiadados terroristas (si es que esto no es un pleonasmo). Encima, siendo estos comunistas de nacionalidad norteamericana (y en tanto que espías al servicio de otras causas no democráticas), estaban también mancillados, por tanto, con el estigma de obligatorios conspiradores, traidores a la patria de la democracia capitalista.

Fuller en ningún caso muestra o investiga matices o interioridades de las razones de los “rojos” en aquellos momentos, mientras eran perseguidos cual brujas por McCarthy y su séquito de colaboradores y chivatos. Lo cual es cierto que nos desconcierta una migaja, a los que tenemos a Fuller en alta estima, pero tampoco devalúa la fuerza devastadora de las desnudas y nítidas imágenes de Pickup on South Street: llamémosle cine en estado puro, al menos lo más puro que se ha visto en el séptimo arte. Cine desprovisto de toda tentación retórica o florida, armado alrededor de una sencilla trama que va al grano (con ecos sociales de los bajos fondos), tocado de una carnalidad asombrosa y secuenciado gracias a un control de movimientos y espacios que producen sorpresa y espasmos, hoy, cuando parece que para dar sensación de rapidez y dinamismo hacen falta mil tomas, ochocientos cortes en la mesa de montaje y cincuenta cámaras rodando desde todos los puntos de vista. Pues no, no son necesarios ni esos cachivaches ni tantas maniobras burdas (motivados, tales procesos y estrategias de evasión, y habría que repetirlo un millón de veces, por los servicios de marketing de las productoras recaudadoras, las clónicas series televisivas, los veloces dispositivos de publicidad y el ritmo intermitente al que circulan los juegos y demás programas informáticos en las pantallas de ordenador) para obtener un cine elástico, físico e inmediato, adjetivos adecuados para calibrar este barato y suculento cine, aun simple en su componente explícitamente político, del señor Fuller.

Pero hemos de comprender. Por aquel entonces, era preferible, para la seguridad de las calles de Nueva York y las conciencias del pueblo americano, sufrir a cien rateros trabajando a pleno rendimiento en el metro (que al menos serían patriotas, llegado el caso) que cobijar a un solo traidor rojo muy capaz de vender a la competencia (Rusia, digamos) difusas fórmulas químicas o microfilmes de importancia capital. Inciso: recordemos, por ejemplo, The Man Who Was Thursday de Chesterton, y aquellos filmes de Hitchcock de los años treinta como Sabotage, y algún cine de G. Douglas o Blood on the Sun de F. Lloyd tras la 2ª Guerra Mundial, y luego la serie de James Bond en la Guerra Fría... todo ello en torno a cómo combatir y derrotar a las fuerzas izquierdistas-terroristas dispuestas a hacer saltar nuestra civilización por los aires....

Puros regalos del cine que tanto admiró el primer Godard:

Richard Widmark, duro, sarcástico y arrojado, nos regala preciosos y precisos momentos como carterista consumado en el metro, a la vez que una última secuencia de pelea, contra el despreciable comunista, no tan larga y vivaz como la de El hombre tranquilo, pero nada olvidable.

Jean Peters, atractiva, carnal, disoluta pero enamorada, nos regala, gracias a la intermediación de Fuller y su equipo, unos primeros instantes, cuando está en el atestado vagón del metro, rodeada de hombres y de inciertas y aun sudorosas intenciones, que a uno casi le llevan a rememorar la irrupción radiante y provocadora de Susan George en Straw Dogs de S. Peckinpah casi dos decenios más adelante.

Thelma Ritter, cínica pero con escrúpulos o solidaridad de clase, olvidada por los hombres y por la fortuna, nos regala dos momentos para el recuerdo, cerca del final y de su final: la conversación con Widmark en el bar ante un café, ya prácticamente rendida y con remordimientos por sus acciones, y sus últimos segundos en el mundo, exhausta de vida, corta de cariño y esperando la muerte como mal menor.

Y no estaría mal, pese a la simpleza política señalada, dictada con seguridad por el momento y lugar en que se hizo la película (aquel 1953), recordar que tantas veces se han pasado por alto los excesos y crueldades de los extremismos de izquierda, también en nuestro país, España, donde debido a la herencia innoble del franquismo pocos quisieron, desde el otro costado (no necesariamente menos brutal), hacer autocrítica y admitir palabras y hechos que hoy producen pavor, risa o vergüenza, según el estado de ánimo. A este respecto, en torno a los abusos, barbaridades y lavados de cerebro perpetrados desde la izquierda menos cuerda y más cegada por la violencia (uno de cuyos restos y reliquias es, lamentablemente aún en enero de 2007, ETA), creo que no resulta improcedente mentar un par de lecturas que estoy disfrutando estos días de invierno. Una es Una tumba para Boris Davidovich (Grobnica za Borisa Davidoviča), del serbio Danilo Kiš (traducción de N. Vasiljević), que “indaga en los mecanismos del fanatismo y la intolerancia” (acertadas palabras en la contraportada de la espléndida edición de Acantilado). La otra es Advenimientos, del pensador español, cristiano, sosegado y (pese al Cervantes) marginal, José Jiménez Lozano (Pre-Textos). Dos citas, a modo de ejemplo:

En “La navaja con la empuñadura de palo de rosa”, primera pieza que se lee en el libro de Kiš:

 

...Lo arrestaron en noviembre de 1936. Después de pasar nueve meses en la celda de aislamiento y, tras terribles torturas, en cuyo transcurso le sacaron casi todos los dientes y le rompieron la clavícula, Miksa pidió que le trajeran al interrogador. Le ofrecieron una silla, una hoja de papel de baja calidad y un lápiz. Le dijeron: “¡Escribe y déjate de exigencias!” Miksa escribió en su confesión, negro sobre blanco, que hacía algo más de un año había matado, cumpliendo con su deber hacia el Partido, a la traidora y provocadora Hanna Krzyzewska pero negaba tajantemente haberla violado. Mientras escribía la confesión con su dura caligrafía de campesino, desde la pared del modesto despacho del investigador le observaba el retrato de aquél en el que había que tener fe. Miksa miró ese retrato, ese benévolo rostro sonriente, el buen rostro de un anciano sabio, tan parecido al de su abuelo, lo miró humildemente y con temeroso respeto...

 

En la página 136, entre las notas del año 2003, en Advenimientos:

 

En estos días pasados, se ha oído un eslogan político, referido a un accidente de un buque petrolero cuyo petróleo ha quedado derramado en la costa gallega: ¡Nunca más! Era gritado incluso con odio, y clamando justicia. ¿Nunca más un accidente? ¿Cómo era posible decir esto, a menos que estemos ya en un mundo de demiurgos?

El eslogan en cuestión recuerda aquel congreso de camaradas estalinistas en el que, tras la pintura del mundo que iba a venir absolutamente perfecto, André Malraux preguntó: “¿Y si un camión atropella a un niño?”. Se le contestó automáticamente que eso no podría ocurrir jamás en ese mundo. Y Malraux, naturalmente, sintió el escalofrío de ese “más allá malo para la inteligencia y peligroso para la política”, se calló y se largó de allí. Y no puede ser de otra manera. Es ciertamente temible que las cuestiones últimas transiten por la calle, y sean tema de coplas y consignas.

 

Pero querría terminar esta humilde pieza, inspirada por la película del señor Fuller, desde la rabiosa actualidad, como suele decirse. Porque tampoco está de más, por otro lado (lo he leído en la prensa gratis del metro, enero de 2007), señalar que el gran actor norteamericano Tim Robbins, muy crítico con la política belicista del presidente Bush, se queja de que, en tales ocasiones en que no ha guardado las formas (cuando no ha “cerrado filas” en torno a la agenda exterior de su país) y se ha granjeado así la etiqueta odiosa de anti-patriota y semi-traidor, no ha recibido demasiado apoyo de los supuestos liberales de su país (liberales, acaso, para disfrutar con Sex and the City, que no para “mojarse” en política...), y sí, en cambio, de otros colegas más equidistantes o ambiguos o directamente partidarios del partido republicano, y ahí menciona a Kevin Costner y al sin par Clint Eastwood. Ahí queda eso.