GIL Rafael (1913-1986)

Don Quijote de la Mancha (Don Quijote de la Mancha) (1948: 7.0)

En los últimos meses (entre enero y julio de 2013), admito que con gran esfuerzo y alguna fatiga, he leído por vez primera El Quijote. El libro entero, ¡sí!: con sus 1100 páginas (en la edición de Martín de Riquer). Y quiso el azar que, justo en los días en que estoy leyendo los ultimísimos capítulos barceloneses, en la Filmoteca de Madrid han pasado la versión que rodara Rafael Gil en 1948.

Y he visto la película, que no es breve, sin ningún esfuerzo ni fatiga. Y la he disfrutado con moderación.

Todo el mundo dirá, y con razón, que no pueden compararse libro y película; pero a mí, necio que soy, me ha entretenido más la película. Pecaré de simple, pero la causa es que, al centrarse en los acontecimientos principales de las dos partes del libro de Cervantes, todas las digresiones, subtramas y relatos que se cuentan en la novela desaparecen en la película. Mejor así. Lo admito, a riesgo de quedar como un paleto: leyendo, cada vez que un personaje se ponía a contar una historia, o surgían otros personajes que me separaban demasiado de Don Quijote y Sancho, el libro me fastidiaba (con la excepción del relato de "El curioso impertinente"). No es una novela intensa, sino extensa. Es muy moderna y hasta posmoderna, sin duda, pero no atrapa. Es muy sabia, desde luego, pero salvo escasos pasajes no es emocionante, creo yo. 

En la película, Rafael Rivelles y Juan Calvo realizan creíbles interpretaciones de Quijano y Panza, y una jovencísima Sara Montiel aparece tres o cuatro veces para recordarnos lo guapísima que fue.

Lo mejor de la película es que no decae en ningún momento. Es una admirable superproducción de CIFESA, que pocos años después de terminada la guerra quiso tirar la casa por la ventana y demostrarle al mundo que en España se podían realizar grandes épicas a partir de materiales propios.

Lo menos bueno acaso sea cierta propensión a ilustrar episodios del libro sin demasiada imaginación y con excesiva solemnidad (escasamente cervantina, creo yo). Pero en fin, estaremos de acuerdo en que Rafael Gil no era Orson Welles. Por suerte o desgracia.