GIL Rafael (1913-1986)

El canto del gallo (El canto del gallo) (1955: 5.5)

-Como tantas veces en el Cine Doré, donde veo El canto del gallo (julio, 2013), unos 60 hombres solos y un puñadito de mujeres acompañadas. Algún día alguien debería escribir una tesis doctoral sobre este fenómeno. ¿Seré yo, Señor?

-El inicio de El canto del gallo es formidable: claroscuros, intriga, perros ladrando amenazantes, dos hombres perseguidos entre los muros de una inhóspita ciudad. Pienso en el principio El general de la Rovere (los muros de otra ciudad sitiada) y en el virtuosismo expresionista de El tercer hombre. La primera media hora es notable gracias a su misterio, suspense, paranoia y fotografía.

-La intriga es mayor debido a la abstracción totalitaria, orwelliana: hay una guerra en la que están matando a curas católicos, pero no es España. Los letreros no sé si están en húngaro, ruso o polaco (o una mezcla de esos idiomas). La película se va convirtiendo en una distopía anticomunista sin trampa ni cartón.

-Los malos, como en la escena de los soldados borrachos que se ríen del cura protagonista, fuman, beben, van con mujeres, son feos y se ríen de manera repulsiva: sus primeros planos son caricaturescos, como los capitalistas de Eisenstein. Los buenos, como el cura protagonista, ni fuman ni beben, etc. Sus perfiles son más bellos, bondadosos y lineales. Las cosas están claras.

-Como en otras películas de Rafael Gil, un brillante planteamiento es, hasta cierto punto, malogrado por un desarrollo insuficiente; el director es incapaz de dotar de mayor musculatura dramática a la trama.

-Las tribulaciones del sacerdote, Padre Muller, que encarna el gran Francisco Rabal no parecen suficientes (al menos, vistas desde la actualidad) para justificar su torturado comportamiento. Se obsesiona hasta la extenuación porque compartió una habitación con una señora, pero nada ni remotamente sexual sucedió entre ambos. Se tortura porque renunció por escrito a su condición de cura, pero lo hizo con gran esfuerzo con el fin de salvar la vida. Se culpa por no haber confesado a un moribundo en los últimos segundos de su vida, pero fue por no comprometer su vida, de nuevo, y nunca puso en peligro la vida de nadie. ¿No es la vida, en el ideario católico, el principio máximo? El Padre Muller no hizo otra cosa que intentar sobrevivir sin renunciar a ser un hombre casto y bueno, sin perjudicar a nadie y sin renunciar a Dios. ¿A qué viene ese complejo de culpa tan brutal que sólo desaparece en la última secuencia con su ansiada muerte?

-El canto del gallo, reivindicación del oficio de sacerdote, es cine rodado con magisterio y solidez; he leído por ahí que su trama está influida por el Graham Greene de El poder y la gloria, porque supongo que ni el guionista Vicente Escrivá ni Rafael Gil habrían leído por aquellos años nada de Koestler. El canto del gallo se queda en mucho menos de lo que podría haber sido. Su progresivo influjo beato y pacato le perjudica seriamente la salud cinematográfica.