WELLES Orson (1915-1985)

The Trial (El proceso) (1962: 7.5)

Hasta hoy (agosto, 2013) sólo he leído dos obras de Kafka, La metamorfosis y En la colonia penitenciaria. He advertido la angustia vital, el miedo al dolor y el terror al totalitarismo que expresa el escritor checo.

He sentido una gran distancia emocional respecto a esta literatura, debido a su carácter abstracto: el qué, el dónde, el cuándo, el quién, etc. En sus libros no hay personas que aspiren a ser reales. Todo es simbólico. Mientras que Koestler, al inicio de El cero y el infinito, deja claro que está hablando de la Unión Soviética de Stalin, Kafka es menos concreto. Así ha conseguido que obras como El proceso  (1925) hayan alcanzado mayor potencial universal y metafórico.

La película El proceso, dirigida por Orson Welles en 1962 a partir del libro de Kafka, es menos angustiosa que estética. A Welles, máximo virtuoso del séptimo arte, le encantan sus manierismos, su obligatoria originalidad, los arrebatos estéticos (expresionismo, modernismo, teatralidad, caricatura), la solemnidad metafórica. Digamos que a mí me gustan pero no me encantan. El proceso es una película valiosa y estimulante que he disfrutado con cierta rigidez: le falta esencia. Da pie, eso sí (y esto acaso sea lo mejor), a interpretaciones filosóficas, sociales, políticas, religiosas.

The Trial es una obra que cabe enmarcar en un contexto cinematográfico ya casi post-clásico. Un contexto subversivo, político, juguetón y experimental en el mundo del arte y la cultura. Póngase al lado del teatro de la amenaza de Harold Pinter (The Birthday Party, The Caretaker), los espacios frustrantes de Antonioni, las paranoias de Polanski (El cuchillo en el agua, Repulsión), la inventiva distópica de Godard (Alphaville) y, claro, no muy lejos de la Psicosis de Hitchcock a la que puso rostro, como en El proceso, ese extraterrestre llamado Anthony Perkins.

El proceso, en todo caso, es la historia de un hombre, Joseph K, que se ve atrapado por una burocracia inútil y criminal. Atrapado entre la fea homogeneidad de mesas, periódicos, oficinas, gabardinas y puertas. Atrapado, en lo conceptual, por el Lenguaje, la Ley y la Justicia, incomprensibles o inalcanzables. Lo cierto es que más parece una parábola del comunismo que del nazismo o de cualquier otro horror.

Una lectura simpática supondría ver al Joseph K que interpreta el tenso Perkins como la historia de un hombre tan remilgado y triste que no llega a darse cuenta de la suerte que ha tenido. ¿Por qué lo digo? Porque es incapaz de disfrutar carnalmente, enamorarse y ser feliz al lado de, al menos, tres mujeres imponentes que se encuentra en su pesadilla, a saber: Jeanne Moreau, Romy Schneider y Elsa Martinelli.

Acaso ellas fuesen un regalo envenenado de Welles para el inquieto e inquietante (y, según la Wikipedia, bisexual) Perkins.