GARREL Philippe (1948-_)

Les amants réguliers (Los amantes habituales) (2004: 9.5)

A)                         Otro estupendo artículo de Miguel Marías, esta vez en Miradas de Cine nº63 (junio de 2007), titulado “O el corazón encogido: la amistad, los amores, la muerte”, me abre la puerta que me animará a ver más películas del director Philippe Garrel (http://www.miradas.net/2007/n63/estudio/garrel.html).

B)                          Los amantes habituales forma parte del tipo de cine, tan cercano, ¡francés!, que apenas encuentra espacio en la cartelera española y que, cuando sí se estrena en condiciones decentes, lo hace entre el silencio de la crítica de los periódicos y de los informativos televisivos, por no hablar de los escasos días que permanece en cartelera y de los horarios intempestivos.

C)                          Por suerte, existen las Bibliotecas Públicas, algunas con un catálogo tan notable como la de León, donde uno se da de bruces, a poco que se interese, con joyas como Les amants réguliers de Garrel o Bajo el sol de Satán de Maurice Pialat, por mencionar a otro autor recientemente descubierto por mí gracias a la citada biblioteca.

D)                         En mi modestísimo (por no decir ridículo) entender, Los amantes habituales ya sería, con la inconmensurable, intocable Armonías de Werckmeister de Tarr, y con lo poquísimo que he visto, uno de los más elevados monumentos europeos y mundiales de arte cinematográfico de los últimos años. Esto sí es séptimo arte, nadie podría ponerlo en duda.

E)                          El mayo del 68 revisitado por un protagonista de aquellos días, Garrel, el mayo de los poemas, el opio y otras drogas, la pereza y el combate, la indiferencia y la política, el dinero no importaba (ver nota P, más abajo), qué vida aquella.

F)                          Obra superior que relata, que muestra en excelso blanco y negro, en un realismo cegador y dulce, frágil y emocionante, los sueños y rémoras de los chicos de veinte años en aquellos días sin dueño pero con blanco fácil, chicos que albergaban dudas e incubaban ilusiones y, ay, dolores, tras el despertar a la más cruda realidad, más allá de la esperanza.

G)                          De la revuelta en las calles a la obsesión con el dinero. Ver nota P, más abajo. De las amistades frívolas a los amores que se dirían eternos. Del arte al negocio. ¿El opio, la religión del pueblo?

H)                         Desoladora, temblorosa en su solidez, hermosa recreación personalísima de un momento donde todo parecía posible, Los amantes habituales es realismo soñador, idealismo desencantado, pues la revolución, como dice el personaje más lúcido, el rico, era levantarse un día, oh golpe de suerte, millonario, sin habérselo ganado, y poder hacer lo que viniera en gana. Ver nota P, más abajo. La revolución fue el mercado, eso lo hemos sabido (Garrel no lo enseña pero se infiere), capaz de acapararlo todo, incluyendo los eslóganes y los adoquines. Ver nota P, más abajo.

I)                           Nada ni nadie es negro o blanco ni solamente sexo o pureza, ni únicamente felicidad o sucidio. Pero ahí, en ese mayo garreliano, eso no se sabía e, ingenuamente, se mataba el tiempo fumando, bailando, saliendo furibundos a la calle sin saber que los obreros estaban en otra parte (a veces, “al otro lado”) y los policías eran reclutados, también, entre las clases trabajadoras.

J)                          La revolución de estos chicos se sustentaba en la infraestructura que proporcionaba el amigo que tenía dinero (ver nota P, más abajo), dispuesto a dejarles la casa o comprarles un cuadro malo o bueno, qué importaba; sabían o no suponían que la revolución era una distracción momentánea antes de seguir estudiando en la universidad, colocar ladrillos o ponerse a diseñar logotipos para una empresa de publicidad: empezaría a ser su momento.

K)                          Las tonterías, jugando en serio, traen consecuencias imborrables y hasta irreversibles, e incluso películas extraordinarias como ésta, entre la crónica sentimental y personal y el testimonio; porta una belleza formal que va al fondo, la forma, de la cuestión, el mes de mayo y el año 1968, la ciudad de París, ser joven, ser bello y ser artista. Ver nota P, más abajo.

L)                           Garras de Garrel, guante de Garrel, ambos combinados en las secuencias de abundantes primeros planos, retratos de frente y de perfil, y los momentos exteriores, la batalla y los incendios en las calles, y el baile en la fiesta (Godard, Godard), y las confesiones de alcoba, las conversaciones esas ahora despachadas como “arreglar el mundo”. Y lo cambiaron, el mundo, aquellas conversaciones. Para mejor o peor: ya dijimos, no hay blanco o negro.

M)                        Soñar y dejar de soñar, actuar y dejar de actuar. Garrel no es Sheridan (En el nombre del Padre), trapicheos de comuna falsa y melodramática, no vivida; Garrel no es Kassovitz (ya instalado en enormidades hollywoodienses, como siempre se sospechó), su Odio de batidora, de pesebre, de fogonazo, de estiércol mediático y pánico sensacionalista, tan inútil o, en el peor escenario visionado, dañino para todas las causas decentes o progresistas, donde no se incluye el fomentar la diferencia, la confrontación, la rebeldía que no atiza a los poderes sino al hermano que comparte tus miedos e indignación.

N)                         Garrel así como un Leonardo da Vinci, poco sabemos aún de “La Gioconda”, si está triste o sonríe, si es puta o lesbiana, si es tonta o guarda sensuales anhelos, si progresa adecuadamente o goza con sus intenciones, sus disimulos, si tiene un pasado tan vigoroso como podría suponerse.

O)                         Cassavetes: ese “colocar la cámara frente a los actores y captar así… la verdadera emoción”, como señala Marías en su artículo. Rossellini: esa naturalidad no enfermiza ni distorsionadora, histórica pero personal y cercana.

P)                           En la página 296 de mi edición de Dracula (Wordsworth Classics), tras decenas y decenas de páginas, cartas y trozos de diario; tras todo el sufrimiento que el poderoso vampiro rumano ha provocado en los protagonistas de la historia, pues tantas veces ha clavado sus colmillos en los rutilantes cuellos de Lucy Westenra y de Mina Harker, las heroínas de la historia; cuando los bravos hombres de la novela (Jonathan Harker, el doctor Seward, el doctor Van Helsing, Lord Godalming y el norteamericano Morris) están cerca de poner fin a la pesadilla persiguiendo a Drácula hasta el mismísimo castillo en Transilvania, buscando su tumba y separándole la cabeza del cuerpo; después de tantos kilómetros de papel en los que Bram Stoker ha consagrado todos sus esfuerzos y su inmenso talento en oponer el Mal abominable y absoluto de aquel ser mil veces astuto y diabólico (que podía convertirse en murciélago o en lobo, reptar cual lagarto y desvanecerse en bruma) al Bien sin matices de los héroes valientes y las hermosas pero virtuosas heroínas; tras tanto tiempo empleado, a despecho de otros menesteres, labores y placeres, en investigar el paradero de Drácula en Londres, en narrar las incursiones de éste en los dormitorios (protegidos con ajos y cruces) de Mina y Lucy; después de analizar al detalle (gracias al Dr. Seward) el comportamiento del imprevisible y peligroso paciente Renfield; después, en suma, de tan febril y minuciosa narración, de tantos peligros esquivados y tanto sufrimiento, en efecto, sufrido, y cuando el combate final está cercano… En ese momento leemos en el diario de Mina Harker, tras felicitarse una vez más por el asombroso coraje exhibido por los hombres mencionados (que la han defendido y defienden desinteresados, hasta el punto de no dudar, si la ocasión lo requiriese, en dar su vida por ella) y después de subrayar cómo, así, es imposible que las mujeres no amen a hombres tan honestos, auténticos y arrojados, sólo entonces, y en ese preciso instante y línea, Mina añade que, atención, “todo esto” sería inviable, habría sido inviable, sin “the wonderful power of money”, es decir, sin el maravilloso poder del dinero… Hasta aquí podríamos llegar: ¡Toma idealismo, toma coraje, toma vampiro, toma desinterés, toma terror, toma virtud, toma amor eterno, toma aventura! Pues, en efecto, sin la riqueza de al menos dos de los espléndidos héroes, Lord Goldaming y Morris (que habían gastado mucho dinero en las últimas semanas con el fin de financiar todas las medidas, equipamientos, viajes, nobles chantajes y herramientas que requería tan insólita, alucinante y… cara aventura), sin “ella”, en fin, la trama entera de Dracula, en suma, no habría sido posible, no habría sido aceptable, se habría derrumbado de arriba abajo, como las añoradas Torres Gemelas. Qué cuatro gloriosas líneas de Mina, de Bram Stoker, que, más allá de lo hilarantes que resultan, en ese momento y lugar, incluso invitarían a la reflexión. Yo, al menos, en ello estoy, y las encadeno al cuello de avestruz de los componentes moral, estético, político y hasta sentimental que habitan Los amantes habituales. Gracias, Garrel, porque, entre otras cosas, tu película acaso demuestre que el dinero no nos sirve para defender la dicotomía entre “Da la felicidad”/ “No da la felicidad” pero, en cambio, sí parece útil para, como mínimo, plantearse tal dicotomía y obrar en consecuencia. Los caprichos cuestan lo suyo, como bien sabía Drácula.