HAWKS Howard (1896-1977)

The Big Sleep (El sueño eterno) (1946: 10.0)

El héroe, llamado Philip Marlowe, casi se ve superado por los acontecimientos, que no dejan de sucederse a su alrededor. A una velocidad de vértigo.

No es una manera de hablar: el espectador se maravilla de que el famoso detective sea capaz de seguir una narrativa que él no ha escrito y de comprender los hechos y las motivaciones de sus autores (personajes y guionistas). Casi como un héroe existencialista (contemporáneo de Sartre y Camus), éste es un hombre arrojado a un mundo peligroso e injusto que ha de interpretar correctamente si no quiere verse engullido por él, asesinado en un callejón oscuro.

Al mismo tiempo, y al contrario que el detective, el espectador apenas se entera de nada de lo que ocurre. Pero disfruta como un loco.

Película fascinante e irrepetible, El sueño eterno. Cada escena, cada acción se desarrolla, una detrás de otra, de manera lógica e implacable. La sucesión de elementos parece sensata y, sin embargo, el conjunto es indescifrable. The Big Sleep es la película paradigmática que demuestra la diferencia sustancial entre coherencia y cohesión. La cohesión es formal: planos y secuencias están enlazados por relaciones de referencia, sustitución, elipsis, anáfora, catáfora...; cada escena “encapsula” de alguna forma la anterior. La coherencia es de contenido: los vínculos establecidos deberían construir una trama plausible, atada; y, sin embargo, en esta película es casi inviable entender quién es quién ni quién hace qué ni por qué razón.

Vuelvo, muchos años después, a El sueño eterno (septiembre, 2013) y percibo desde el primer segundo un penetrante estallido de talento cinematográfico. Los primeros doce minutos, la mítica escena en la que Marlowe acude a una mansión, es contratado por un millonario y conoce a dos jóvenes atractivas, Vivian y Carmen, es un apogeo de cine enigmático, sensual, milimétrico y perfecto. A partir de ahí, la obra no decae en ningún momento y nos presenta a un buen puñado de personajes sugerentes, cuyos vínculos son (o parecen ser) el amor, los celos, la pasión, la traición, el interés, la ambición, la envidia, el odio, el resentimiento. ¡No está nada mal! El sueño eterno es una oda a la desconfianza entre seres humanos. Un festín de pecados capitales. Un éxtasis del crimen y del parto con dolor (¿para qué traer niños a este mundo?). El final feliz, sin embargo, es un suspiro de alivio y alegría que no da tiempo ni a paladearse.

Los diálogos de Chandler, Brackett y Faulkner son rápidos como flechas, hirientes como navajas, ingenios cínicos de Oscar Wilde. El sueño eterno supone un descabellado y elegante frenesí de cine “noir” (con momentos hilarantes). Una de las cimas de ese enorme y sutil narrador llamado Howard Hawks (qué intenso ritmo narrativo, qué perspicacia en encuadres y planos, qué capacidad innata para ir al grano), con dos dioses de la interpretación, Bogart y Bacall. Hablar de “química” entre ellos sería como decir que Ava Gardner era “guapilla”; un estrafalario eufemismo.