HAWKS Howard (1896-1977)

Rio Bravo (Río Bravo) (1959: 10.0)

Cuando uno lee una crítica tan precisa, elegante y profunda como la que José Mª Carreño dedicó a Río Bravo en 1972 en Nuevo Fotogramas (en Diccionario de películas del cine norteamericano), uno comprueba con asombro y un puntito de frustración que poco puede aportar. Gracias a críticas como la de Carreño, pura clarividencia en torno al arte de Howard Hawks, uno aprende más que en cualquier tomo de cualquier sesuda (u ocurrente) historia del cine. En todo caso, allá voy. 

Río Bravo es un western esencial y moderno, desnudo y perfecto. Es al western lo que el bodegón a la pintura. No necesita espacios abiertos. Ni cabalgadas, ni indios, ni combates, ni persecuciones, ni hogueras. Un escenario mínimo.

El agua mansa es muy profunda, he leído (creo que en E. Canetti). La sencillez y la precisión ocultan y a la vez revelan tensiones, debilidades, deseos. Un cine que muestra lo que muestra y no engaña; pero que sugiere detrás de sus formas armónicas, clásicas, ¿transparentes?

Un cine comprometido con los que defienden la ley y la justicia, en aquel salvaje Oeste: vestigios de democracia, contra las dictaduras de los más brutos.

La mítica respuesta de Hawks al High Noon de Gary Cooper es de una humanidad heroica. Frente a la paranoia, la intensidad y la duda de Zinnemann, Hawks ofrece lucidez y alguna certeza. Los héroes son el galáctico John Wayne, el rehabilitado borracho Dean Martin, una frágil y seductora Angie Dickinson, el joven y noble Ricky Nelson y el conmovedor Walter Brennan. Todos ellos, desde el cerebro, nos llegan al corazón. Su profesionalidad, paciencia y coraje son emocionantes.

El arte de Hawks, decimos: a la medida humana. Desarma con su compleja sencillez. Sin ningún adorno, sin ninguna metafísica. Se sostiene sobre el saber hacer, el pudor masculino, la amistad masculina. Alegato de dignidad y valentía, con la recompensa del amor. Tipos que tienen miedo pero que lo vencen. Tributo a la camaradería.

Momentos de obra maestra: Dean Martin y Ricky Nelson cantando dentro de la prisión. Con Brennan y su armónica. Y un sonriente Wayne, por fin relajado. Y qué decir de las miradas entre Dickinson y Wayne, antes y después de haber pasado su primera noche juntos.

Un cine indestructible más allá de tendencias y corrientes, un western extraordinario pero no irrepetible, pues el increíble Hawks repitió el argumento en la no menos sublime El Dorado, con Mitchum en vez de Martin. 

Hawks se compromete con aquellos que defienden el cine como artístico vehículo de comunicación clara y concisa con un espectador, por desgracia, eminentemente masculino. Y que me perdone Carreño (septiembre, 2013).