AUDIARD Jacques (1952-_)

De rouille et d’os (De óxido y hueso) (2012: 8.0)

Hay cinéfilos demasiado ortodoxos o demasiado apáticos que se oponen por principio al cine “de superación personal”.

Lo consideran seudoamericano, burgués, manipulador, comercial, reaccionario o complaciente (por ejemplo, Intocable); pues en lugar de centrarse en las injusticias sociales y las estructuras de poder y cómo estas afectan y arruinan a los individuos, este cine se vuelca sobre los seres humanos que viven y padecen, que pelean: que ni se quejan ni se rinden. Me da por pensar que tales cinéfilos apáticos y ortodoxos no son capaces de ver personas, no ven carnes y huesos (y gritos y susurros y sollozos y alegría), sino tan sólo piezas de sistemas, más o menos funcionales, más o menos tristes o dignas, o para el desguace.

En De óxido y hueso nos enfrentamos a otro peculiar héroe de Jacques Audiard: atractivo, enigmático, “working class”, valiente y en los límites de la legalidad. Marcado por su vida, sus genes, su pasaporte, su educación, quién sabe. Otro superviviente a quien es imposible no aprender a respetar. Hombres como los muy imperfectos protagonistas de Un profetaDe latir mi corazón se ha parado o De óxido y hueso se hacen respetar, se hacen querer. Frente a los cineastas de la abstracta y quieta metafísica (un extremo) y las estructuras todopoderosas (otro extremo), Audiard es un director que hace películas sobre tipos de carne, óxido y hueso que se buscan la vida en circunstancias vitales descorazonadoras.

De óxido y hueso, como la vida, va de conflictos reales, sexo, injusticias, violencia y fragilidades humanas. Pero los personajes van con la cabeza alta, pese a todo, y miran al espectador a los ojos. Esa mirada dice: “no te escondas, somos parecidos”. Los actores principales, Marion Cotillard y Matthias Schoenaerts, están espléndidos y, con gran sangre, sudor y lágrimas, se ganan el salario sin miedo.

De óxido y hueso no es una obra perfecta, ni mucho menos. Le cuesta arrancar, duda demasiado entre variadas estéticas (más sucia, más comercial, más existencial…), remolonea en algunos instantes prescindibles y sus diversas subtramas alcanzan dispares niveles de interés e intensidad. Pero sus desequilibrios son también conmovedores, o lo han sido para mí. Y su tensión dramática, la autenticidad de personajes y ambientes y los momentos de extraña poesía, subjetiva, urbana y de superación personal, no están al alcance de cualquier fabricante de musarañas. Cinco minutos, tomados al azar, de una película de Audiard contienen más cine y más humanidad que filmes completos de niños ensimismados en busca del ombligo perdido. De esto estoy seguro hoy, 22 de septiembre de 2013. ¿Dónde he de firmar?

Mi pequeña duda es saber qué habrían hecho Amenábar (Mar adentro), Schnabel (La escafandra y la mariposa) y el difunto Chabrol (Una chica cortada en dos) con esta misma historia. Mi gran duda es fantasear con lo que podrían hacer aún Eastwood y Dumont con tan sabrosos materiales. ¡Qué curiosidad! Clint, Bruno, animaos, muchachos.