DREYER Carl Theodor (1889-1968)

Vampyr (Vampyr) (1932: 7.0)

-Cada vez me gustan más las películas claras, precisas, contundentes. Hace poco volví a ver Río Bravo, de Hawks, y levité. No levito con Vampyr. Me visto de gala, como quien dice, en mi propia casa para disfrutar de una “joya del séptimo arte”, pero la película pasa ante mis ojos, la miro con curiosidad y no me altera los sentidos. ¿Me debería haber puesto el pijama? Vampyr, cual fantasma, surge como una obra intempestiva, original, con aureola mítica: pero los mitos, o se viven en el presente como tales o allá cada cuál con sus leyendas, nostalgias y fascinaciones.

-Cada vez disfruto menos con el arte críptico. Y en “arte” incluyo la crítica de arte, el ensayo, la novela, el artículo. Por ejemplo, hace años me atraía un Foucault, un Barthes (pese a que Camera Lucida se entiende mejor), un Baudrillard (y Bourdieu, algo más cristalino que sus colegas). Ahora ya no: opto por Sebreli, Savater, Eagleton, Muñoz Molina, Vargas Llosa, Marina, gente así. ¿Y la crítica cinematográfica? Me aburren los análisis graves, pomposos y ambiciosos que huyen de la claridad expositiva o que se enredan durante páginas en estructuras de poder o en jerga (¡aún!) postestructuralista o en detalles de los detalles. Yo mismo, con toda mi modestia, he sido un crítico críptico en ocasiones (la influencia francesa, tan juguetona, ya digo). Ahora intento no caer demasiado en esas redes tentadoras. Quiero entender (y que me entiendan) para creer. No viceversa.

-El sueño eterno, otra película de Hawks con la que he levitado recientemente, es una película, por momentos, incoherente: los enlaces entre secuencias y escenas a veces son esquivos o demenciales. Pero no es un film críptico, uno que batalla porque cada uno de sus planos sea un festín autónomo de interpretaciones. Vampyr sí es un film críptico de principio a fin. Si es que “principio” y “fin” son aplicables, quizá no. Contiene atractivas imágenes enigmáticas (de hecho, casi todas); pero casi me aburro, pese a sus 73 minutos. Incluye imágenes creativas, de un onirismo militante. Pienso en Buñuel (y otros surrealistas), Bergman, incluso Béla Tarr.

-No dudo de los méritos del arte cinematográfico del danés Dreyer. OrdetDies Irae, Gertrud son películas imponentes, sutiles, únicas, tan carnales como espirituales. El arte de Dreyer es, en esas tres obras, admirable y reconocible. Tan delicado como casi impenetrable (pero no por ello necesariamente críptico ni farragoso).

-No será muy cinéfilo reconocerlo, pero admito que me gusta más el Drácula de Browning. Más emotivo, más entretenido, más comprensible. Y el Nosferatu de Herzog: más sufrido, más como uno de los nuestros. Y el Drácula de Coppola: más pasional y vertiginoso (los de Jess Franco y Terence Fisher sí son más flojos).

-Curiosa y frustrante, por cierto, la tarea del análisis y analista fílmico:

-Primer ejemplo, David Bordwell: introducción, largo nudo y un desenlace que ya sabíamos sin el análisis. En su texto sobre Vampyr en el librito del DVD (editado con primor por Versus), comienza esgrimiendo que la película “es difícil de seguir”. Bordwell emprende su concienzudo análisis y, veinticinco páginas más adelante, concluye que, debido a que Vampyr desafía todo el tiempo nuestra percepción y el espectador ha de esforzarse en comprenderla y rellenar sus huecos, la película se convierte en una obra fascinante. Y digo yo: haber empezado por ahí. ¿Ha explicado o destripado Bordwell la fascinación? No estoy seguro.

-Segundo ejemplo, José Andrés Dulce: su admirable libro sobre el director danés (en Nickel Odeon). Una ingente investigación de varios años. Leo su capítulo sobre Vampyr: extenso, detallado, informado, repleto de referencias culturales. Me resulta farragoso. De tanto centrarse en los árboles, ramita a ramita, me pierdo en su bosque. Cuando finalicé su texto me sentí exhausto, con la sensación de haber leído abundante información que, en realidad, no me interesaba. Y con la impresión aún más intensa de que, en general, no conocía mejor la película que antes. El análisis no me ha ayudado a encontrarle ese punto de fascinación que mencionaba Bordwell. Pero he de ser justo. Sí me quedo con algunos detalles: la importancia que le da Dulce al hecho de que Vampyr se estuviese rodando durante “el atropellado tránsito al [cine] sonoro”; o cómo apunta a la función de la música, que “comenta y subraya cada una de las escenas, erigiéndose en protagonista”.

-Mi modesto resumen es que Vampyr parece contar una historia de género muy sencilla, de terror y del mundo sobrenatural, sirviéndose de estrategias muy complicadas (de montaje, interpretación, ambientación, cámara, etc.) y eligiendo los caminos menos trillados (por el “contagio surrealista”, que dice Dulce). Obteniendo una obra espasmódica, pesadillesca, un intrincado poema cinematográfico. El resultado es, por ello, un film interesante, críptico y acaso sobredimensionado. Difícil de seguir, como apuntaba Bordwell. Volver a empezar (octubre, 2013).