CLOUZOT Henri-Georges (1907-1977)

Manon (Manon) (1949: 8.5)

MANON. Manon, película francesa de uno de los directores más infravalorados del cine francés (ni era un “moderno” ni tenía un estilo marcado), es un excitante compendio de enrevesadas peripecias dramáticas, extraordinaria ambientación, sensualidad, brío narrativo e influencias diversas.

INFLUENCIAS. Dialoga de usted a usted con el Buñuel pasado (el surrealista), presente (El gran Calavera, Demonio y carne) y futuro (Abismos de pasión, Belle de jour). Los demonios y las carnes. La desconfianza del ser humano y en el ser humano.

Se mide con el ardor desinteresado y el ímpetu de un Walsh, sobre todo el de Juntos hasta la muerte, cuyo final exaltado es similar al de Manon.

El naturalismo del Renoir de La bestia humana. Los personajes no saben ser “otros”.

Las ruinas de la Segunda Guerra Mundial de Rossellini, Alemania, año cero. Pobreza, supervivencia, humanidad en la picota.

El determinismo trágico del Lang de Perversidad (previa a Manon) o Deseos humanos (posterior). Sabemos desde el inicio por dónde van los tiros, por suerte o desgracia. 

El virtuosismo de ángulos sinuosos y elipsis centelleantes de un Welles: La dama de Shanghai. Añade a la trama una mayor deriva dramática y psicológica, y desesperación.

Clouzot, ya lo vemos, bebe de cócteles variados, no le hace ascos a los grandes maestros, no es dogmático ni purista. Pero su punto (más) fuerte quizá sea la propia historia (con sus personajes) que construye en imágenes: pasional, excéntrica e injusta como la vida misma.

FÍSICA Y QUÍMICA. Manon, basada en una novela que mi novia sí ha leído (Manon Lescaut, de Abbé Prévost), es una película turbia, intensa, tan emocionante y entretenida como algo irregular. Como otras de Clouzot que he visto hasta la fecha (octubre, 2013), El salario del miedo y Las diabólicas, es un cine más físico que químico, un cine que “cuenta cosas sobre gente interesante”: sus bazas son la historia, el conflicto y la atmósfera; no la sutileza ni un incombustible estilo.

JUDÍOS. Un cine poseedor de deliciosos toques perversos en el que la condena trágica y personal de los protagonistas encuentra eco en la de un grupo de judíos, que huye (o los echan) de Europa en el mismo barco que Manon y su novio, para ser acribillados por árabes a camello al llegar a Palestina. Destino trágico. Estos días, leyendo Ivanhoe, el clásico de aventuras, romanticismo, caballeros, doncellas, normandos, sajones y Edad Media que escribió Sir Walter Scott en 1819, confirmo el histórico sufrimiento resignado y la resistencia al dolor de este pueblo. Por ejemplo, en este párrafo del capítulo XXII, cuando Isaac el judío es apresado y hecho prisionero por los pérfidos normandos y teme que le torturen, Scott nos instruye (traduzco del inglés):

 

Y por ello es probable que los judíos, por la propia rutina del miedo vivida en tantas ocasiones, tenían la mente dispuesta, hasta cierto punto, para afrontar cualquier forma de tiranía que se pudiera ejercer sobre ellos. Así que ninguna agresión, cuando se había producido, había podido traer consigo esa sorpresa que es la característica más devastadora del terror.

 

APEGO. Manon, película tan racional en su construcción como visceral, original y sexy en sus pugnas y aprietos dramáticos, es lo más ajeno que se me ocurre ahora mismo a esa tendencia de ahora que Muñoz Molina etiqueta “estética del desapego” en un estupendo artículo reciente (Babelia, septiembre de 2013). Una tendencia primero moderna y luego posmoderna que sigue teniendo mucha presencia en libros y películas y prestigio entre los críticos.

ELLA. El estupendo personaje de mujer impredecible o fatal, Manon, es interpretado por la actriz de corta carrera Cécile Aubry, que también apareció en la película española La ironía del dinero (Edgar Neville). Es como una muñeca atractiva y dulce, con dos o tres toques de cálculo, vicio e ingenuidad. Un descubrimiento.