LYNCH David (1946-_)

Dune (Dune) (1984: 7.5)

Mientras a finales de octubre de 2013 reviso, muchos años después, esta muestra de ciencia-ficción personalísima y bizarra del terráqueo (suponemos) David Lynch, me asaltan varios nombres:

Buñuel (surrealista), Dreyer (Vampyr) y la épica religiosa de Cecil B. DeMille (Dune como versión onírica y posmoderna de Los diez mandamientos); incluso el Pasolini enigmático y carnal-espiritual de El evangelio según San Mateo (esos planos frontales, esos rostros que sobresalen de la trama: como si no tuviesen que ver con ella).

Además están, o yo los veo, M. Crichton, Kubrick, Cronenberg, la trilogía de Star Wars y algún Verhoeven. Y el Spielberg de Tiburón (esos gusanos surgiendo del desierto), el Cameron de Terminator y el R. Scott de Blade Runner. Incluso Ivan Reitman: por el elemento baboso o pringoso (recordemos Cazafantasmas).

¿Qué quería contarnos David Lynch?

Si lo supiera, os lo diría. Apenas entiendo el argumento de la película, pero reconozco que los personajes son tan estrafalarios como fantásticos, las resonancias astronómicas y sociopolíticas son considerables y los escenarios diseñados por Lynch y sus colaboradores son magníficos. ¿Cómo olvidarse de un gusano de medio kilómetro de largo? ¿Cómo no recordar al señor gordo de las heridas en la cara, que se infla y flota en el aire y supura sangre y tortura a jóvenes rubios?

Dune es una obra desigual e impredecible como un sueño o una visión; pero, a ratos, es fascinante. No creo que esté entre lo mejor de David Lynch, pero si la hubiese realizado cualquier otro director quizás estaría preguntándome: ¿qué tipo es capaz de hacer algo así?

Pero, en fin, sabemos que la parió la mente turbia y sorprendente del señor Lynch. Alguien más raro que cualquiera de sus criaturas. Un terrícola a tiempo parcial.