ALLEN Woody (1935-_)

Zelig (Zelig) (1983: 5.5)

No es lo mismo ver Zelig con veinte años que con cerca de cuarenta. Esa es, al menos, mi experiencia.

No es lo mismo el Woody Allen de Zelig, Stardust Memories o Celebrity que el de Interiores, Otra mujer o, por mencionar una reciente, Midnight in Paris. Es evidente que prefiero al segundo. De la misma manera en que no veo color entre FakeCampanadas a medianoche, dos Welles casi incompatibles.

El primer Allen mencionado es, a mi modo de ver, chispeante, frívolo, retozón y poco más. Y está envejeciendo peor. 

Cuando vi Zelig en León a mediados de los noventa, en aquellos ciclos organizados por Caja España (¡algo bueno tenía esa ruinosa caja de ahorros!), me quedé deslumbrado. Por el ingenio y la insolencia de juguetear con el documental y la ficción. La ocurrencia posmoderna de fusionar ambos géneros, de crear un híbrido, un “mockumentary”, un documental falso sobre un hombre-camaleón. Uno veía una película como Zelig a los 18 o 21 años y flipaba: qué inteligencia, qué perspicacia, qué gracia, qué originalidad. 

Allen, en sus toqueteos con el arte, la filosofía y la alta cultura, terminaba rendido a la cultura popular y, sobre todo, al amor. Esto sí que es conmovedor (aunque la historia de amor no esté muy desarrollada en Zelig).

Ahora veo Zelig en noviembre de 2013, a mis treinta y siete años, y se me antoja un simpático mecanismo. Un ingenio alleniano para delirio de los más allenianos; casi alienados, diría yo, en su proverbial allen-manía.

La historia del camaleón humano que se transforma, a lo largo de varios años, en la persona que tiene más próxima, que resurge en momentos inesperados de la historia (al lado de Hitler o bateando en un partido de béisbol) y es objeto de investigación por parte de científicos tan locos como él, es entretenida, graciosilla y breve. No mucho más.

Zelig, sin ser una tontería, es acaso lo más parecido a una tontería que ha hecho el gran Woody Allen.