BERESFORD Bruce (1940-_)

Tender Mercies (Gracias y favores) (1983: 8.5)

Gracias a una sabia recomendación de J. Cortés desde su blog descubro Tender Mercies, o Gracias favores, como reza su subtítulo en castellano.

Y no es mal verbo, “rezar”, si hablamos de esta película. La expresión “tender mercies” (tiernas misericordias) pertenece a una oración que se dice en la película. En cierta forma, Tender Mercies es una película religiosa, cristiana. En ella, vemos a los protagonistas rezar antes de comer o de acostarse. Y asistimos nada menos que al ritual de dos bautizos, de un niño y de un adulto, sucesos escasamente cinematográficos, en general; a menos que (como Coppola en su insigne El Padrino) al piadoso bautismo se le contrapongan una serie de crueles asesinatos: por aquello de compensar y que no se diga que somos unos beatos. Siguiendo con la religión, en su sentido más hondo y sentido (allí donde es menos refitolera), hay planos de Gracias y favores, en el campo y en la casa, que en su quietud y recogimiento parecen obra de Millet, autor del famoso cuadro El Ángelus.

Tender Mercies es una película pequeña y sin pretensiones, una joya que apenas dura 85 minutos. Es una píldora concentrada de cine noble, humano, tolerante, amplio de miras, digno y sutil. Sus honduras, tristezas y frustraciones se sugieren, no se escarba en ellas. Esto me recuerda algo que decía, hace dos meses y pico, en una entrevista en El Cultural (septiembre de 2013, con J. Sardá), el director español Álex de la Iglesia: “Es un gran clásico de la intelectualidad lo de rodar de manera ‘indirecta, sutil’… En el fondo, en esa idea del ‘sugerir y no mostrar’ hay algo muy cristiano que implica que disfrutar está mal”.

¿Creen los personajes de Tender Mercies que disfrutar está mal? No lo creo: otra cosa es que lo vayan pregonando por ahí o que se dediquen a pegar grititos de alegría para dejarnos claro lo mucho que disfrutan. Sé, con Álex de la Iglesia, que hay grandes películas fundamentadas en mostrarlo todo (en especial, el disfrute de algunos personajes, a veces de manera desbocada) y sugerir casi nada. Pueden ser películas atractivas, claro, pero por lo general serán más insistentes y fáciles, pues el espectador no tendrá que esforzarse ni apenas fijarse: sólo ha de mirar. Incluso, en los peores casos, lo de mirar está de sobra y se puede apartar la vista de la pantalla, durante varios segundos o minutos, en la certeza de que uno no se va a perder nada del otro mundo. Sin embargo, querido Álex, querría apuntar que, muy posiblemente, las más grandes películas de la historia del cine, además de mostrar (pues el cine irremediablemente “muestra”), obtienen inigualables réditos dramáticos y narrativos por la manera como sugieren, apuntan, disfrazan, esconden y aluden, en efecto, de manera indirecta, sutil, matizada, armónica, distinguida. Pienso aquí y ahora en John Ford, director cuyo aliento acaso inspire las bondades de Tender Mercies.

Por otro lado, podríamos razonablemente pensar que Tender Mercies guarda estrecha y curiosa relación con películas contemporáneas suyas. ¿No tiene un lado El Sur, dirigida por Erice el mismo año que se estrenó Tender Mercies? ¿No incluye un elemento París, Texas, que Wenders firmaría el año siguiente? ¿No comparten estas obras, hasta cierto punto, una forma contemplativa, respetuosa y enigmática de mirar al hombre y la naturaleza (extensiones de campo y de cielo muy amplios) y por su foco de atención dirigido a la familia y su necesidad y reconstrucción? Una “familia” casi considerada de manera abstracta como unidad mínima y obligatoria de organización social y humana. ¿No tiene Tender Mercies, también, su lado Honky-Tonk Man, película relajada y emotiva que había dirigido Eastwood el año anterior, y con la que comparte el tema de la música y los músicos venidos a menos?

Tender Mercies es una sorpresa más que agradable en este otoño de 2013. Una obra moderadamente optimista en la que el adverbio es tan esencial como el adjetivo. Una película admirable sobre segundas y terceras oportunidades que me ha descolocado por su ausencia de Gran Conflicto o Gran Objetivo o Gran Final. Una obra sin maniqueísmos de ningún tipo (sin “malos”), filmada en la América rural y profunda y con la música “country” como banda sonora y acaso hasta moral de la película en su conjunto. Decir, por último, que Robert Duvall y Tess Harper están ambos extraordinarios es de justicia divina. Tanto como el guion escrito por Horton Foote, guionista de la irrepetible Matar a un ruiseñor.