CRICHTON Charles (1910-1999)

A Fish Called Wanda (Un pez llamado Wanda) (1988: 5.0)

¿Estaré, con los años, perdiendo el sentido del humor? Espero que no. Sería una tragedia.

Vuelvo ahora (diciembre, 2013), quince o veinte años después, a ver Un pez llamado Wanda y casi nada me hace gracia. La veo con una sonrisa en los labios, por momentos forzada: postiza porque se supone que ante Un pez llamado Wanda, producto de la cantera del grupo cómico inglés Monty Python, uno ha de reírse a mandíbula batiente. Recuerdo haber leído, cuando la película se estrenó, que una espectadora se había muerto, ¡en serio!, de un ataque de risa. Parece una completa exageración, una línea comercial para vender el film a los incautos.

Siendo profesor de inglés, como soy, y admirando tantos aspectos de la sociedad y el espíritu anglosajones (su tolerancia, ironía, carácter democrático, etc.), admito que hay aspectos de la cultura más, por así decirse, puramente británica que a veces me irritan por su comercialidad y oportunismo. Hace unos meses decidí comprarme y leer un libro sobre España, Ghosts of Spain, escrito por un periodista británico que vive entre nosotros, G. Tremlett. Se suponía que era un libro interesante y perspicaz sobre mi país y, sin embargo, a las pocas páginas ya me percaté de que no evitaba ni uno solo de los tópicos habituales. La gota que colmó el vaso fue cuando aterricé en el capítulo sobre el flamenco en las cárceles españolas y, tras unas diez páginas, tuve que dejar el libro por imposible. Por tópico, melifluo, inmovilista, folclórico, libro para guiris. Aunque, por supuesto, yo lo estaba leyendo con una sonrisa en los labios. Porque estos tipos, más allá de su (indudable o dudoso) talento, saben cómo hacerlo todo atractivo y nunca nos aburren.

Algo así me ha pasado ahora con Un pez llamado Wanda, un cuarto de siglo después de su desproporcionado “hype”. Reconozco que hay dos o tres momentos de “malentendidos” graciosos que están a punto de arrancarme la carcajada. Pero ni por esas. Y me molesta el tufillo patriótico que emite, mal disimulado entre coñas marineras sobre los tipismos nacionales y sociológicos: en torno a los ingleses, los americanos, los italianos, los abogados, las ancianas con perro, las señoras bordes o los tartamudos. Me reí más hace una semana con los cinco primeros minutos de Ópera prima (que tampoco es una joya) que con los 105 de A Fish Called Wanda.

Heredera, supongo, de la factoría Ealing (lo que explica la presencia del veterano director Charles Crichton), y acaso inspirada en la literatura ligera y sarcástica de un David Lodge o un Tom Sharpe (los ingleses reprimidos, la forzada “politeness”, la oportunidad de un adulterio con una joven “bimbo”, el humor escatológico…), Un pez llamado Wanda no está a la altura ni de esa literatura ni de su propia e inmensa popularidad. Se deja ver, sin más. Pero sin emociones, ni entusiasmos ni, lo que es peor, carcajadas.