ADROVER Jaume Mateu (?)

Fuerte Apache (Fuerte Apache) (2007: 6.0)

Somos tres en la sala, nosotros dos y un tipo que, sentado en la fila cuatro, parece que tiende más hacia la horizontalidad que hacia el visionado. Y eso que el cartel de Fuerte Apache juega la baza de la trasgresión: un joven nene, adornado con “piercing”, mira retadoramente al foco, al espectador, y extiende con odio o desprecio el dedo corazón de su mano derecha; y vemos la estrella revolucionaria en su camiseta. Etiquetas.

Por suerte, no estamos ante Ciudad de Dios a la española, cuyos espasmos se han calmado últimamente. Y tampoco, propiamente hablando, ante La haine en versión de aquí: aquella película de Kassovitz que hace ya un decenio montó un show de filigranas, violencia e imágenes chocantes en torno al problema de la integración de los inmigrantes en barrios marginales de París. Viendo arder los autos en París, Marsella o Toulouse, Kassovitz, en su cómoda posición semi-hollywoodiense, se habrá sentido realizado.

Tampoco se trata, aunque aquí la referencia es menos gratuita, un L’esquive a la española. Esta simpática película francesa expone el quehacer más habitual de unos adolescentes-tipo y muestra la educación literaria que estos reciben en un colegio en un barrio de clase trabajadora. Pero en Fuerte Apache se parte de una realidad marginal de por sí, un centro tutelar de menores, al que suelen llegar casos perdidos, chicos con nula esperanza de adaptarse a la sociedad española.

Acaso la ópera prima de Adrover beba más bien de películas como Barrio, cuya baza es la utilización de personajes jóvenes, la frescura de los diálogos y la inmediatez de las necesidades, los conflictos y la estética (a ritmo de hip-hop, etc.). En todo caso, esa frescura es “demasiado” consciente en el film de Adrover (en León de Aranoa se observa una mayor cautela y madurez en la mirada, hay un menor uso de técnicas modernas al servicio de la partición de la trama), para lo cual rueda en 16mm. y luego hincha el globo digitalmente. “Todo con la idea de buscar esa realidad”, afirma Adrover (en La gran ilusión, revista de los cine Renoir).

Dicho lo cual, es razonable que el personaje de Juan Diego (formidable e incombustible) recuerde más al de Denzel Washington en Training Day que al profesor-filósofo de Tavernier en Hoy empieza todo: algo tiene de tipo más allá del bien y del mal, pasado de rosca, decepcionado y cínico. Los parecidos no se quedan ahí, pues, como en el film de A. Fuqua, también asistimos a un enfrentamiento entre J. Diego y alguno de sus aprendices, que en Fuerte Apache son los inevitables y cansinos asesores pedagógicos del centro de menores. Y, claro, sin olvidar las intensas similitudes que se perciben en las estrategias de “tempo” incorporadas para que la narración avance a alta velocidad: imagen sincopada, saltos en el tiempo y el espacio, iconografía del “rap”; los márgenes, cierto hiperrealismo hiperbólico. Este último elemento aleja sin remisión a Fuerte Apache del gran cine (¡incluyendo, claro está, Fort Apache!), pues Adrover todo lo fía a captar la realidad cambiante (con sus dolores, pérdidas, segundas oportunidades y agresiones) mediante esa “frescura” demasiado fresca diseñada en la mesa de montaje. Qué tentación, jóvenes directores de cámaras ligeras, la de ser dioses... (Hasta Ripstein cayó en la trampa)

Convengamos, entonces, en que el talante refrescante no recae tanto en los jóvenes desconocidos que actúan con naturalidad ni en la historia que se relata, sino en la manera de cortar, copiar y pegar los trozos de discurso para construir una película impactante, moderna, muy de hoy, “de la calle”, una obra que, algo muy de apreciar, da en el blanco y evita las abstracciones y la demagogia amoral. Sin embargo, a este espectador ya medio curtido en otras batallas más serenas y nítidas, le molestan tales procedimientos de “Photo-Shop”, por lo que tienen de manipulación de la realidad filmada, de embellecimiento de rostros, movimientos y gestos a través del diseño de producción y la edición post-rodaje. Esto le resta, precisamente, frescura auténtica a la película, aunque quizá acerque el producto, digámoslo, a jóvenes en edades de no merecer, es decir, adolescentes sin causa y con consola, amigos o no de inmigrantes, que acaso adquieran nueva conciencia de lo que significa convivir, respetar, tolerar, ayudarse. Aunque dudo que estos jovencitos acudan al cine a ver esta película, claro.

Y a los adultos les interesará, más bien, la historia de amor entre J. Diego y la fenomenal Lolita, y esa idea (sobrevalorada, escribo humildemente) del amor que por fuerza redime y que es la fuente primordial de progreso personal, frente al suicidio, el nihilismo, la frustración permanente y el arrastrarse. Aunque el amor, cierto es, pasa por ser otra manera de dejarse llevar o arrastrarse, y tantas veces no redime ni libera sino que ata, restringe, debilita y vulnera los principios de la convivencia.

Fuerte Apache es cine válido que juega limpio... hasta donde puede jugar limpio un producto víctima de la tecnología digital y los ordenadores. Un cine sobre el Hoy y el Ahora, sobre el desarraigo, la solidaridad y la definición de compromiso. Es un tipo de cine, vaya, que no sigue la senda humana y acaso humanista de En construcción de Guerín (ni sabría seguirla aunque lo intentase), pero que tampoco barre para casa con el maniqueísmo sospechosamente halagado y multi-premiado de El laberinto del fauno y demás filmes actuales fantasiosos e infantiles: para todos los públicos.