FELLINI Federico (1920-1993)

E la nave va (Y la nave va) (1983: 4.5)

Federico Fellini, director de extremos: adoro películas suyas como La strada, Amarcord y Los inútiles y me ponen de los nervios otras como Satyricon, Julietta de los espíritus y, casi, Y la nave va. ¿Cómo me iba a gustar a mí el ahora (diciembre, 2013) tan aclamado Sorrentino, enamorado del peor Fellini?

El megalómano Titanic de Fellini es un Arca de Noé de aristócratas, artistas, gallinas y rinocerontes, revisitado con el espíritu burlón de El ángel exterminador a partir de cierta ambición desmedida y seudo-primitiva, como un Griffith del cine ya no mudo, dispuesto a conseguir lo más grande y bello, aspirando al “más difícil todavía”. Como si el cine fuese una Olimpiada. 

Este Fellini último y operístico ha perdido sensibilidad y gracia y ha ganado en elaboración retórica y egocentrismo, por lo que sus imágenes bellas, disparatadas, estrafalarias o estilizadas se ganan con justicia el epíteto de “postizas”. La cultura y el cine reivindicados por el veterano Fellini resultan un arte en formol; un arte embarcado en una ensimismada nave que, en los albores de la Primera Guerra Mundial, navegaba para homenajear a una importante cantante de ópera fallecida. El argumento de la obra me importa un bledo, la verdad; no me interesa casi en ningún momento y no puedo hacer nada al respecto.

Este arte felliniano es esforzado e inauténtico, carece de la sencillez y la claridad de lo genial y lo sincero. Las genialidades que Fellini desea que presenciamos son demasiado conscientes y reiterativas, entre el idealizado folclore popular (de los refugiados serbios a quienes suben al barco) y la supuesta alta cultura de los cantantes de ópera; contrastes muy poco geniales que gravitan entre la tópica y sonrosada clase trabajadora que labora en los sótanos del barco y los pálidos y ricos nobles y artistas que viven como marajás en los pisos superiores y la cubierta.

Estamos ante un hermoso y vacuo artificio felliniano, una sucesión de escenas de desigual condición e interés (aunque siempre porfiando por alcanzar una “grande bellezza”) que se alargan más de la cuenta, sin apenas altibajos, ni altos ni bajos ni introducción ni nudo ni casi desenlace: y todo ello diseñado sin misterio, sin ilusión, sin hondura. Megalomanía anacrónica malamente defendible.