JACKSON Peter (1961-_)

The Hobbit: The Desolation of Smaug (El hobbit: la desolación de Smaug) (2013: 5.0)

¿Quién teme al dragón Smaug?

En mi opinión, Smaug carece de credibilidad. Es una criatura que se engaña a sí misma. Durante al menos 45 minutes se enfrenta, en su montaña, a un diminuto enemigo llamado hobbit y es incapaz de acabar con él. Durante no menos de 30 minutos intenta matar a un grupo de torpes enanos terroristas, a quienes odia, y no lo consigue. Salen todos con vida. Ni un rasguño.

Y, sin embargo, este vanidoso dragón se nos enfada, al final de la película, cuando sale volando de la panza de su montaña y amenaza con traer “fuego” y “muerte” a los habitantes de una población cercana. ¿Quién va a temer a un dragón tan inútil? ¿Quién va a sentir curiosidad por la tercera parte de El hobbit?

Esta segunda entrega de El Hobbit, también dirigida por el neozelandés Peter Jackson, ahonda en los principales defectos de su predecesora, sin apenas repetir sus logros o méritos.

Ve uno El Hobbit como si fuese una galería de alargadas escenas de una cansina aventura gráfica: triunfan la fantasía estirada como chicle, las patadas fulgurantes, el maniqueísmo moral y lo dramáticamente inverosímil de tal manera que apenas queda lugar para lo creíble, lo ambiguo, lo humano. La pausa, la reflexión. El carácter de “yincana” atolondrada se multiplica exponencialmente. Se percibe cómo cada secuencia, cada mínimo momento son demorados sin ton ni son: asumo que por un afán comercial de hacer otra película muy larga (160 minutos) que podría haberse contando a la perfección en 75 minutillos.

Además, el personaje más carismático y atractivo de la saga, Gollum, no aparece. Los héroes son todos menos interesantes que en El Señor de los anillos. Los dos personajes añadidos, los dos elfos que encarnan Orlando Bloom y Evangeline Lilly, se pasan la película disparando flechas y brincando. Y varias de las subtramas (en especial, la sugerida historia de amor entre esta bella elfa y un enano inusualmente alto para los de su raza) gravitan entre lo irrelevante y lo bobo. Y, por si fuera poco, se incrementan los rasgos infantiles de la saga, con guiños a los muchachos de diez años, apariciones inesperadas y poco creíbles, demasiadas “fantasmadas”.

Lo que en la magnífica serie de televisión Juego de tronos hay de aliento épico, reflexión sobre el poder, seriedad argumental y creación de gloriosos personajes, en El hobbit queda diluido en un caldoso show típico de un parque temático cinematográfico para todos los públicos pero, sobre todo, para los niños más risueños o pacientes.

Dicho todo esto, seamos positivos: El hobbit: la desolación de Smaug sigue contando con simpáticos momentos de humor. Continúa teniendo a un protagonista (aquí menos protagonista), el hobbit Bilbo (Martin Freeman), que da juego con su mezcla de candidez y valentía. Y, en fin, logra ser una no desdeñable película de aventuras alucinantes y de emociones sin fin que nos entretiene en épocas navideñas mientras engullimos no menos de un kilo de palomitas (diciembre, 2013).