SCHRADER Paul (1946-_)

Mishima: A Life in Four Chapters (Mishima) (1985: 5.5)

Como preparación personal de cara a ver Mishima, la película de Paul Schrader sobre la vida y obra del controvertido escritor japonés Yukio Mishima, leo una de sus novelas, El marino que perdió la gracia del mar (traducida por J. Zulaika).

Una novela breve y terrible de principios de los años sesenta. La historia de amor entre un marino y la madre de Noboru, un chico de trece años que tiene una pandilla de amigos tan inteligentes como idealistas y peligrosos. ¡Ay, los idealismos! Un nefasto afán de pureza. Una malsana desconfianza de los adultos y su mundo. Una necesidad de odiar lo que aún no entienden. Un belicismo, una crueldad, un espíritu heroico que desprecia la empatía, el sentimiento, las concesiones. Un final terrorífico, digno del Haneke de El vídeo de Benny.

Luego veo la película y, pese a que me decepciona, creo comprender algo más. Deduzco cuestiones importantes de la vida del escritor Mishima: sus dilemas sexuales, sus dudas existenciales, su querencia militar, su frustración artística pese a su exitosa carrera: si el arte no transforma el mundo, habrá que seguir esa guerra por otros medios. Su sacrificio último, momento exhibicionista e impactante. Se diría que Mishima se parece en sus preocupaciones y pensamientos al adolescente Noboru que protagoniza El marino que perdió la gracia del mar. Un adolescente que nunca habría crecido. Un Peter Pan decepcionado con el mundo y obsesionado por la violencia. Un Peter Pan de simpatías cuasi-nazis. 

Leyendo estos días la preciosa novela Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi (traducción de Gumpert y González Rovira), en concreto el texto de efemérides que sobre D’Annunzio escribe ese misterioso personaje llamado Monteiro Rossi, he pensado en Mishima:

 

Ante todo, fue un vate. Amó el lujo, la vida mundana, la grandilocuencia, la acción. Fue un gran partícipe del decadentismo, conculcador de reglas morales, amante de la morbosidad y el erotismo. Del filósofo alemán Nietzsche extrajo el mito del superhombre, pero lo redujo a una visión de la voluntad de poder de ideales estetizantes destinados a componer el caleidoscopio coloreado de una vida inimitable... Contempló con agrado el fascismo y las empresas bélicas…

 

Vuelvo a la película. Su problema, en mi opinión, es la ambición estética, yo diría esteticista, que lleva a Schrader a dramatizar distintas obras de Mishima en relucientes y decorativos colores (que contrastan con el blanco y negro de escenas de la vida “real” de Mishima). Soy incapaz de sentirme atraído por esa parte, muy amplia, de la película: esa estilizada, simétrica y absolutamente artificiosa ilustración de momentos de sus obras (que no he leído). Detecto, en todo caso, las mismas preocupaciones vitales (el sexo, la muerte, la traición, la pureza, el arte impotente), pero la película no logra conmigo su objetivo. Me aburre y me aburro.

Me interesó mucho más el libro, sin duda: más esencial y enigmático, puro nervio. Dicho esto, no comulgo con su sentido existencial, ideológico y político, cercano al nihilismo destructor, el pesimismo tenebroso, no lejos del fascismo. Muy próximo al ansia de muerte, propia y ajena. Entiendo que si uno lee a Mishima de jovencito encuentre motivos para la fascinación y hasta la identificación, pero ya no soy ese joven y me desagradan enormemente declaraciones como ésta que realiza el jefe de la banda adolescente en la que está integrado Noboru:

 

Necesitamos sangre. Sangre humana. Si no la conseguimos, este mundo vacío palidecerá y se marchitará. Debemos vaciar la sangre fresca del marino y transfundirla al universo agonizante, el cielo agonizante, a las agonizantes selvas, a la arrugada tierra agonizante.

 

Un libro atractivo, provocador y terrorífico. Una película más bien ornamental que, por lo que he visto y leído, no estoy seguro de que haya captado apropiadamente el espíritu del escritor japonés y su controvertida obra.

(Enero, 2014)