ARANDA Vicente (1926-_)

Tiempo de silencio (Tiempo de silencio) (1986: 7.0)

LITERATURA-CINE. Pese o gracias al libro canónico de Pere Gimferrer, sigue siendo un irresistible tema hablar de las relaciones de igualdad o jerarquía entre cine y literatura. Así que vuelvo al tema: lo queramos o no, hay curvas, matizaciones, profundidades y desvíos de la gran literatura que no pueden de casi ninguna manera encontrar acomodo apropiado en sus transferencias audiovisuales. Pienso en esto, una vez más, tras leer Tiempo de silencio y volver a su interesante adaptación cinematográfica (en febrero de 2014). Detengámonos solamente, con el fin de ilustrar esa imposibilidad, en estos cuatro breves extractos del libro.

En el primero se describe a Amador (colaborador del protagonista) y a su mujer:

 

Amador a fuer de hombre de belfo prepotente tenía satisfecha a su mujer. Ella admiraba las tonalidades cariñosas del asturiano paterno, ella admiraba su puesto en la sociedad más elevado que el de sereno de comercio, ella encontraba a su hombre muy alto, muy fuerte, muy poderoso, muy capaz de conducirla por encima de todas las imperfecciones de la vida hacia un honesto enterramiento de tercera especial con tumba propia mediante el cuidadoso pago de las cuotas del Ocaso.

 

Y estas líneas que delimitan la historia pasada y futura de la mísera mujer de El Muecas (personaje inmortalizado en la película por Francisco Rabal):

 

…y ella no siente lo que es hambre porque no tiene la facultad de sentir sino la de esperar y él a pesar de todo, llega a traer algo y caza gatos, ratas, conejos, perros abandonados que ata con una cuerda y ella siente manso agradecimiento por la industria con que salva a sus hijas y las hace ir comiendo hacia un futuro que no puede imaginar sino sólo sentir crecer en sí misma y en sus hijas, latido a latido, respiración a respiración, mueca a mueca.

 

Esta tercera cita, incluida en el monólogo final del protagonista y narrador, cuando la tragedia ya ha sucedido:

 

Me voy, lo pasaré bien. Diagnosticar pleuritis, peritonitis, soplos, cólicos, fiebres gástricas y un día el suicidio con veronal de la maestra soltera.

 

Y un poco más adelante, muy cerca del The End:

 

Nosotros no somos negros, ni indios, ni países subdesarrollados. Somos mojamas tendidas al aire purísimo de la meseta que están colgadas de un alambre oxidado, hasta que hagan su pequeño éxtasis silencioso.

 

AFTER HOURS. Martin Scorsese dirigió Jo, ¡qué noche! un año antes de que Vicente Aranda adaptara al cine la novela Tiempo de silencio. ¿Conocería Aranda la película de Scorsese? Porque la película española también podría haberse llamado Jo, ¡qué noche!, pues cuenta cómo se le complica la vida a un tímido investigador español cuando decide salir de farra con su amigo Matías. Copas, borrachera, amistades excéntricas, apariciones, canciones, vómitos, sexo y, ya por la mañana, con la resaca y la confusión, una operación de máximo riesgo en la chabola de El Muecas, atendiendo a una hija suya que se desangra, que se está muriendo, la pobre.

MARTÍN SANTOS. La muy compleja novela de Luis Martín Santos, Tiempo de silencio (1961), pese a lo que había oído, sí que tiene argumento. Una trama. Una historia que se desarrolla hacia delante, con una introducción, más o menos, un largo nudo, y un trágico desenlace. Ese argumento, atrapado y camuflado en una prosa experimental, sardónica, severa y objetivista, es el que permite a Vicente Aranda realizar una película ortodoxa, digno exponente del tremendismo costumbrista español que retrata la posguerra madrileña de callejones oscuros, prostitutas macabras, pensiones rancias, chabolismo cochambroso, chocolate con churros, ferias con tiovivos y navajas maleantes. También es la historia de un científico español (ese tradicional oxímoron), un joven que experimenta con ratones e investiga la transmisión del cáncer. Toda una novedad. Además, tanto en la novela como en la película tiene lugar una singular escena en la que un nunca mencionado Ortega y Gasset explica con una manzana la teoría del “perspectivismo”. Ahí Martín Santos se extiende en un sarcástico retrato sociológico de aquella España, a la vez que se ríe (no sé yo si también lo homenajea, a su manera) del más famoso filósofo español del siglo XX.

ARANDA. Vicente Aranda, ya se sabe, para lo bueno y lo malo, necesita carne de cañón. Pasiones reprimidas y luego desatadas. Elementos escabrosos que han sido y son parte de la realidad cotidiana, bajo el paraguas de “sucesos”, y que Aranda toma prestados y reconstruye con todo su dramatismo y su sangre y su verdad. En efecto, ya decimos, para lo bueno y lo malo. En ocasiones a Aranda se le va la mano y sus momentos más violentos o mórbidos alcanzan la dudosa categoría de sensacionalismo cinematográfico.

Pero Aranda es también un autor muy dotado para lograr la expresividad, el simbolismo o la hondura en momentos como ese en que nuestro protagonista, Pedro (Imanol Arias), y su amigo Matías (Juan Echanove) se están emborrachando en un café en el que también hay tres o cuatro personas cantando “Los campanilleros”, una canción en la que se dice: “Pajarillos que estáis en el campo gozando el amor y la libertad…”. Aranda nos coloca la cámara fuera del café y hace una panorámica de lo que se ve dentro; el espectador se queda, pues, en el exterior, libre, tras el cristal, mientas que los personajes están en el interior, atrapados, como en una pecera, una cápsula histórica. Vamos viendo a Pedro y Matías en la barra y luego cómo se acercan a los cantantes en su mesa, y cómo se unen a ellos en la canción, con toda su alma. Hasta que una persona de autoridad les ordena que dejen de cantar canciones subversivas y entonces se termina el jolgorio. Es una escena estupenda en la que Aranda, al mismo tiempo que nos cuenta cosas del argumento y sus personajes, por medio de la metáfora seguramente nos esté hablando de aquella España, aquel Madrid de finales de los años cuarenta o principios de los cincuenta.