ARANDA Vicente (1926-_)

El Lute: camina o revienta (El Lute: camina o revienta) (1987: 6.0)

El Lute: camina o revienta es la primera parte de la historia de Eleuterio Sánchez, un hombre de origen muy humilde, un prisionero famoso y un mito del antifranquismo en su etapa crepuscular, como dejaba constancia con su particular salero (“estilo sonajero”, que diría Marsé) Francisco Umbral en una columna de octubre de 1977:

 

Tres imperativos morales parece que tiene hoy el país, por encima o por debajo el apremio económico: sacar al Lute, traer el Guernica y leer la novela de Semprún premiada con el Planeta.

 

El director Vicente Aranda, en sus años más exitosos, quiso con El Lute: camina o revienta apuntarse a dos tendencias que gozaban de cierto predicamento en esos años: 1) el cine político o de denuncia, que traía la impronta de algún cine italiano de los setenta, de Costa-Gavras y, en España, al menos de Juan Antonio Bardem y luego Imanol Uribe; y 2) el cine de “quinquis”, que se popularizó en nuestro país tras la dictadura, en el que criminales de bajos vuelos se convertían en héroes ocasionales, tipos jaleados por un desconfiado público necesitado de hombres que atracaran joyerías mientras escuchaban a los Chunguitos, por ejemplo. Desafiando a la autoridad desde la mala vida.

De esa primera corriente, Aranda hereda sobre todo el retrato despiadado (sin duda, hiperbólico) de los hombres de ley y orden, una querencia por ilustrar los modos de vida de los más humildes y un apego por mostrar con grandes énfasis visuales y sonoros algunos episodios de flagrante injusticia.

De la segunda, Aranda se inspira para esbozar un aroma de inevitable sensacionalismo (cine basado en grandes titulares de primera página), al que le dota de mayor peso dramático y mejores interpretaciones (Imanol Arias, Victoria Abril, Antonio Valero, etc.). Ciertamente, no es lo mismo un Aranda que un José Antonio de la Loma, un Lute que un Vaquilla. Aún hay clases.

Aranda, como casi siempre, se enreda cada pocos minutos en encuadres y planos turbios y escabrosos, sin obviar la escatología y el desnudo sexo. Se regodea más todavía, con los ecos censores de El crimen de Cuenca no tan alejados en el tiempo, en las furiosas escenas de tortura, en las que los guardias que maltratan al Lute quedan registrados como sádicas e histriónicas máscaras.

La sutileza o la sugerencia no han sido nunca plato del gusto de Vicente Aranda, cierto es. A cambio, uno ha de admitir que nunca se aburre con una película suya. Es un director que siempre consigue interesar con amores imposibles, tragedias sangrientas y ambientes marginales o costumbristas magníficamente escenificados. Tampoco aburre El Lute, camina o revienta, digno exponente de un cine de vigor narrativo y calidad, que fue muy popular entre el gran público que llenaba las salas de cine en los años ochenta. Al menos, durante el período (tan denostado) de Pilar Miró, hubo en España una política cinematográfica coherente, potente y casi rentable, algo que ahora se echa de menos, náufragos como estamos en un océano donde acechan tiburones, piratas, redes de impuestos y estéticos turistas ensimismados (febrero, 2014).