GILLIAM Terry (1940-_)

Fear and Loathing in Las Vegas (Miedo y asco en Las Vegas) (1998: 2.0)

En ocasiones, esa entidad generalmente denominada “dar el siguiente paso” o, con menos reservas, “independizarse” o “seguir el propio camino” consiste en la discutible opción de dejar de hacer lo que uno hacía medianamente bien en compañía de otros y de embarcarse en un proyecto trompicado, inconsistente y decepcionante, sostenido por las ganas de demostrar “lo que uno es capaz de hacer” en solitario (en el mundo de la música hay decenas de casos famosos: casi todos van a peor).

Se debería uno excusar por la utilización de tantas comillas, pero los lugares comunes son eso, comunes, vulgares, insignificantes casi siempre, y las comillas señalan justo el lugar donde se produce o puede producirse el error, el engaño, la exageración o el salto a un vacío muy lleno: como los bolsillos de señores como Terry Gilliam. Un tipo que se ausentó de los brillantes Monty Python y se dispuso a asaltar las diligencias del cine más tradicional, limpio, insípido o congelado, dándole una vuelta de tuerca subida de tono para demostrar lo original, atrevido y “surrealista” (otro término que ya sirve para todo) que podía llegar a ser.

Uno está tentado de etiquetar a alguien como Terry Gilliam con la pegatina de “iconoclastilla”, siguiendo a Juan Manuel de Prada (septiembre de 2007 en ABC), y así suscribir, aproximadamente, esto:

 

Produce cierta fatiga nauseabunda glosar sus mamarrachadas. Es la fatiga que provoca la pacotilla artística, mezclada con la náusea que sobreviene en presencia del artista ayuno de talento, del impostor que disfraza su vacuidad de aspaviento.

 

(De Prada en concreto se refiere, es preciso señalarlo, en su artículo “Los iconoclastillas”, a aquellos creadores cuyas obras buscan “escarnecer los sentimientos religiosos de los católicos”. No es el uso que yo hago de su término y de su cita, extendiéndolos fuera del ámbito de las religiones pero dentro del más amplio marco de las manifestaciones culturales, aquí cinematográficas, que se presentan como irreverentes, arriesgadas, etc.)

Me quedo, en especial, con las últimas palabras: disfrazar la vacuidad de aspaviento. Más que como anillo al dedo (¡otro tópico!), le vienen a Gilliam como mosca a la boñiga, siendo tan finos como el propio director británico.

Gilliam, en efecto, es un artista del aspaviento: “demostración excesiva o afectada de una sensación o de un sentimiento” (Diccionario del estudiante, Real Academia Española). Fear and Loathing in Las Vegas se baña en una vacuidad verdaderamente, ¡y mil perdones!, acojonante: “que acojona”, es decir, que impresiona mucho (según la R.A.E.). Gilliam, claro está, es un impostor reconocido, aunque sus disfraces llamen la atención.

Fear and Loathing in Las Vegas es uno de esos viajes o “road movies”, como Easy Rider o Giro al infierno (otras dos películas con aureola sobredimensionada), que, basados o no en una obra literaria de culto, tienen como objetivo “captar el espíritu de la obra original” (¡tópicos a mansalva!). Lo que no suele añadirse, a esta estupenda frase hecha, es que, por bien o mal que la película atrape ese espíritu del libro en el que se inspira, el quid de la cuestión es cuál es esa obra primigenia. Quiero decir, imaginemos que una hipotética película basada en alguna novela de Alfonso Ussía consiguiera ser honesta y artísticamente fiel al original, ¿y eso para qué nos serviría si no para huir de ella, sabiendo lo que sabemos de un talento y espíritu tan cursis como zafios?

Razonando así, me da por pensar que la literatura de Hunter S. Thompson (a quien los suplementos culturales españoles, en su papel, le han dedicado una descomunal atención, casi tanta como a los tebeos y a los libros de robots y alienígenas) debe de ser tan increíblemente buena como la imagen de unos baños públicos encharcados de sangre y frecuentados por un rebaño de cabras pintadas con franjas moradas y amarillas. El pretexto para esta visión es la sugestión de pinturas más o menos oníricas, paranoicas e intoxicantes que pinta Gilliam en su desdichada película. Yo también querría ser fiel al espíritu del original, ya está bien de tanta flema.

En fin que, según Thompson, es un suponer, 1971 era un año para “colocarse”, lo cual a Gilliam la dio la coartada perfecta para abandonarse a un cine de insana caricatura e hipérboles pestilentes. Pues vaya con la contracultura, según estos señores: los chicos gamberros poniéndose hasta arriba de ácidos, conduciendo con total irresponsabilidad, haciendo el ridículo hasta extremos estomagantes y tratando a la gente como si fuesen peleles o peluches. Los protagonistas son unos embaucadores, unos reaccionarios que le dan vueltas al cansino “sueño americano”, concepto manido como el que más, excusa para explotar con fines comerciales cualquier anécdota intrascendente y más o menos extravagante acaecida en los EEUU.

Johnny Depp y Benicio del Toro, en dos de las interpretaciones más simplonas y amañadas (sobre todo, la de Depp) que yo haya visto, son dos adolescentes de treinta y pico años, que juegan a ser muy malos y muy locos, unos originales a contracorriente que hacen gala de una pútrida “coolness” destinada a impresionar a los más despistados entre los espectadores recién licenciados, ávidos de emociones, a lo mejor hastiados de típicas americanadas y del cine social con moraleja. ¡Pues toma tercera vía!

Claro que, a cuenta de evadirse tanto del cine más habitual como del más comprometido con su tiempo, Gilliam termina haciendo algo así como un “remake” de la tercermundista Up in Smoke (1984, L. Adler), con los cómicos Cheech y Chong fumando porro tras porro. La de Gilliam reemplaza la marihuana por el LSD y demás fauna ácida, además de, por supuesto, hacer todo lo posible por crear una atmósfera fluorescente, vomitiva, avasalladora y pesadísima para el hígado y el cerebro del espectador con dos dedos de frente.

Bien podría uno molestarse, además, respecto del perfil puramente ideológico (izquierdista) que, al parecer, Thompson o Gilliam habrían pretendido insuflar a sus líneas y fotogramas; acaso con la intuición de mostrar en primerísima persona los excesos, ingenuidades y derivas de una (tópico al canto) generación que se encontró con las libertades conquistadas en los sesenta y no supo administrarlas con equilibrio o tino. Cualquier sabe.

Uno, que se considera más bien de izquierdas y que siempre ha votado por ellas (por “alguna” izquierda, en todo caso), se lleva estos días las manos a la cabeza por ciertas manifestaciones de nivel intelectual ínfimo. El reciente vídeo de las Juventudes Socialistas (octubre de 2007), con el cual creían ridiculizar a los jóvenes más intolerantes, machistas e ignorantes del PP, no ha podido caer más bajo, caracterizando a sus creadores de similar manera a como Fear and Loathing in Las Vegas señala con el dedo (y no hay escapatoria) a Gilliam. De nuevo, hablamos aquí de vacuidad y de aspaviento. Vacuo: “vacío, especialmente en el aspecto moral, afectivo o intelectual” (del mismo diccionario). Pues bien, Gilliam consigue (como las llamadas Juventudes Socialistas) ser vacuo por partida triple, lo cual, hasta cierto punto, es una conquista al alcance de muy pocos.

Gilliam debió de pensar, en resumen, que las percepciones distorsionadas de un sujeto narcotizado serían mejor llevadas a las pantallas mediante la propia distorsión de la línea argumental, al servicio de una estilización manierista, pomposa, de muy calculada locura. Este tipo de gamberradas, como tantas de los años noventa (Very Bad Things, etc.), se justifican a sí mismas por la delectación y el morbo de enseñarnos lo desagradables que pueden llegar a ser los seres humanos, reducidos a la categoría de gorrinos ensimismados, recluidos en su propia mierda moral, afectiva e intelectual.

Las Vegas, por otro lado, queda ilustrado como un lugar infecto, espantoso, ridículo, hortera, un parque de atracciones deformado y, claro, “freak” (prestigiosa y halagadora palabra en las críticas literarias y cinematográficas, comodín para denotar cualquier rutinario aspaviento). Reino de la amplificación atrofiada, la paranoia sonrojante, la exageración sin cuento.

Depp y Del Toro se han debido de sentir como Vladimir y Estragon, uno haciendo del zorro y el otro del correcaminos, persiguiendo al conejo de Alicia en el país de las maravillas estupefacientes, arrastrándose y tropezando en un ambiente de mentecata psicodelia, idiotizada drogadicción y payasadas sin ton ni son. Vaya par de descerebrados. ¿Quiénes? Gilliam y Thompson, ellos dos más que nadie, y Gilliam más que Thompson.

Y querría terminar a la manera Gilliam, es decir, mediante una mezcla más bien fraudulenta y, en todo caso, grandilocuente de las fuentes. Así, escribiré que Fear and Loathing in Las Vegas se inscribe en una tendencia cinematográfica que podríamos denominar de “doctrina del shock” (según el último libro de Naomi Klein). A su vez, se enmarca en un momento histórico de un alto “grado de exhibicionismo”, en el que “se ha perdido en gran parte el pudor”, y todo “a favor de la transparencia” (Javier Marías, en El País Semanal, septiembre de 2007). Y se ha de poner en relación (aunque no lo parezca) con un clima actual todavía más exacerbado que hace nueve años (estamos en 2007), en el cual, por ejemplo, un locutor del canal La Sexta habla al tuntún de “auténtico partidazo” para referirse a un Zaragoza-Levante que había terminado 0-0 tras un insípida primera mitad.

En resumen, nos referimos, en distintas medidas, intereses y obsesiones, a estrategias de distorsión, frivolización, manipulación e intensificación de la realidad social, mediática y cultural que nos envuelve. Nada más y nada menos. Son impostores al servicio de sus bolsillos y de quien los llena. Cínicos rendidos.