ALLEN Woody (1935-_)

A Midsummer Night's Sex Comedy (La comedia sexual de una noche de verano) (1982: 7.0)

Tras Annie Hall, Manhattan e Interiores, tres películas estratosféricas de finales de los setenta, se diría que Woody Allen se aligeró de equipaje en los primeros años de la década de los ochenta. Se hizo más frívolo, juguetón, alegre y posmoderno, como si quisiera hacer dulce mofa del cine del impoluto Ivory.

Así, entre la paródica, pedante y estilizada Recuerdos y el “fake” (para mí, bastante fallido) que supuso Zelig, Allen insertaría esta leve comedia lejanamente shakesperiana llamada La comedia sexual de una noche de verano, interpretada por estupendos actores como el propio Allen, Mia Farrow, aterriza-como-puedas Julie Hagerty, Tony Roberts y un fantástico José Ferrer.

Sabemos del interés de Allen por contraponer sexo e intelecto. Por mezclarlos y comprobar, casi empíricamente, cómo se fusionan o, más bien, cómo chocan, se ríen, se rozan, sin llegar a un entendimiento perfecto. Allen, en A Midsummer Night’s Sex Comedy, enhebra otra divertida parábola en torno al “carpe diem”, con sus decepciones, realidades, fulgores de pasión, instantes de romanticismo y risas entre los árboles. Allen, también, decide jugar con las implicaciones de la ciencia y el arte, lo objetivo y lo subjetivo, lo empírico y lo sobrenatural. La magia de este director es que casi todo lo que hace le sale bien y, lo que da más sana envidia, sin aparente esfuerzo.

Esta es una película, como el famoso (y decepcionante) libro de Milan Kundera, sobre la insoportable levedad del ser. No nos queda más remedio, según Allen, que ser leves, ridículos muchas veces, seres sentimentales casi siempre. ¿Cómo soportarnos? Con paciencia, unas gotas de sensatez y dos o tres pócimas mágicas. Cóctel alleniano que funciona para la vida y el arte, también en esta película que, si bien no estará nunca entre sus grandes obras, es una breve y sutil delicia veraniega (marzo, 2014).