CUKOR George (1899-1983)

My Fair Lady (My Fair Lady) (1964: 8.0)

Un Londres de opereta, unos números musicales repletos de gracia y levedad, unos diálogos ingeniosos y una excelsa puesta en escena. Una película que debió de parecer fuera de órbita el año de Bande à partEl desierto rojoLa piel dulce o El evangelio según San Mateo.

George Bernard Shaw (Pygmalion), Alan Jay Lerner (libreto, guion) y George Cukor, una alianza cinematográfica que nos transporta al delicioso terreno del musical enteramente artificioso (como Brigadoon, Mary Poppins o Sonrisas y lágrimas), aquí en torno a la estrafalaria relación pedagógica entre un millonario profesor (¡de fonética!) llamado Henry Higgins y su alumna Eliza Doolittle, una humilde y bonita vendedora de flores.  

My Fair Lady contiene canciones que es imposible no tararear al mismo tiempo que las escuchamos. “The Rain in Spain”, “Why Can’t the English” o “With a Little Bit O’ Luck” son mis favoritas, melodías bonitas e irresistibles. Las interpretaciones de Rex Harrison y Audrey Hepburn son encomiables y sin miedo al ridículo. También están el divertidísimo coronel Pickering (Wilfrid Hyde-White) y el pícaro y simpático papá de Eliza (Stanley Holloway).

My Fair Lady, que es ligera y dulcemente anacrónica, contiene además con sutileza y distinción reflexiones más que importantes. Sobre el amor y el enamoramiento y su relación con el hábito. Sobre la condición subsidiaria de la mujer. Sobre los pobres y los ricos. Sobre los estereotipos ingleses. Sobre la enseñanza y el aprendizaje (del inglés o de lo que sea), que funcionan a través del tesón, el esfuerzo y el compromiso tanto del profesor como del alumno.

My Fair Lady: o cómo otro pato se convierte en cisne. Contra los determinismos sociales.

My Fair Lady es un entusiasta alegato a favor del “Nada es imposible”. Como la lluvia en Sevilla, otra maravilla (abril, 2014).