ANDERSON Wes (1969-_)

The Grand Budapest Hotel (El gran hotel Budapest) (2014: 2.5)

PARTE 1

 

En la medida en que un autor controla maniáticamente todos y cada uno de los registros artísticos y temáticos de una película y no deja al espectador ni un centímetro ni un segundo de margen para pensar por sí mismo, imaginar o sentirse medianamente libre; en la medida en que los personajes son caricaturas, puros dibujos animados, la puesta en escena es un elaboradísimo artificio y la planificación se fundamenta en una insistente simetría compositiva…

En esa medida, vaya, opino que El gran hotel Budapest es una película autoritaria. Así la percibo. De un totalitarismo, claro, que querría adjetivar así: moderno, diferente, indirecto; light, de cartón y de “cartoon”; publicitario, hiperrealista, banal, inauténtico, cool.

Ante esta película, me siento atado de mente, pies y manos. No siento nada agradable, no pienso. Pero padezco. Por su carácter arrogante y superfluo. Su agobiante esteticismo.

Aclararé que no la vi entera. Abandoné la sala de cine media hora antes de que se acabase. No podía más. Hacía ya muchos meses que no me pasaba nada semejante. La película me provocó algo así como una reacción alérgica. Un rechazo visceral irreversible.

¿Y por qué, tras la relamida e irrelevante Life Aquatic, había yo decidido vencer mis sanas resistencias y pagar ocho euros y medio por la última película del rutilante y mimado Wes Anderson?

 

PARTE 2

 

Sección “La opinión de la crítica” de la revista cultural Metrópoli, finales de mayo de 2014. Tabla comparativa con el número de estrellas de nueve medios de comunicación. La película más valorada de todas es, en efecto, El gran hotel Budapest. Tres críticos le otorgan 5 estrellas (Obra maestra). Cuatro críticos le dan 4 estrellas (Muy buena). Dos críticos le dan 3 estrellas (Buena). El promedio es sobresaliente.

Además, gente a quien respeto, como mi amigo Atticus desde su blog 444, la habían puesto por las nubes. Y J. Trueba había escrito unas interesantes líneas en su blog de El Mundo.

Por si fuera poco, había leído que la película contenía estimulantes referencias a la “Europa de entreguerras”. Y alusiones al mundo literario de Stephen Zweig, de quien he leído dos libros hasta la fecha, uno de ficción que me gustó mucho, Amok and Other Stories, y otro de no ficción que me gustó bastante: Momentos estelares de la humanidad.

Vista la película, o al menos esos 70 minutos (de los 100 que dura), no veo qué relación (al menos, seria) guarda con Europa o con guerra alguna. ¿Es esa la visión que tiene de Europa y de la guerra un joven posmoderno americano? Por otro lado, no encuentro ningún parecido entre la película y la sobria, matizada y precisa prosa de Zweig, de verdad que ninguno.

 

PARTE 3

 

Sin embargo, es culpa mía, lo tendría que haber visto venir. Hubo nítidas señales de humo. En una entrevista reciente en El Cultural de El Mundo con C. Reviriego, este crítico había escrito sobre W. Anderson: “Hace convivir su universo enfermizamente pop con el peso de la Historia continental y su dramática transformación en la primera mitad del siglo XX”. Claro: enfermizamente Pop. Soy tonto: son las palabras mágicas. ¿Acaso me interesan a mí Andy Warhol y sus miles de acólitos, imitadores y seguidores? No. Nada. Pues eso.

Otra señal de humo. Estaba avisado. El escritor Eloy Tizón (El Cultural, mayo 2014) había escrito: “demasiado despliegue y encuadres de plasticidad opulenta”. Y luego: “Falta verdad, corazón, tripas, todo es demasiado ostentoso, intrincado y superficial, como un huevo de Fabergé o un minué en una cajita de música”. Y después: “Coloración psicodélica de dibujo animado”. Para finalizar: “Pompas de jabón de Anderson”.

Es verdad, Tizón lo expresaba muy bien. Pero caí en la trampa de las dichosas estrellitas de los medios de comunicación. Porque, a propósito, ¡cómo está la crítica española! O, lo que es peor: ¡cómo estoy yo!

Para terminar, señalaré que lo que habría querido leer en algún sitio es que El gran hotel Budapest guarda estrecha relación no con Zweig ni con ninguna Europa ni con ninguna guerra, sino con el reciente modelo estético aportado por películas manieristas, decorativas, epidérmicas e infantiles como Moulin Rouge, Amélie o Mortadelo y Filemón. Que molan mogollón.

Junio, 2014