GODARD Jean-Luc (1930-_)

La chinoise (La chinoise) (1967: 9.0)

Viendo La chinoise he pensado que eran imágenes de otro mundo, otro tiempo. No un tiempo pasado, por cierto, sino por venir. Podemos decir que hubo un Chaplin, un Eisenstein o un Kubrick (tan distintos), pero yo digo que habrá un Godard.

Considero que, mientras es viable hablar de las influencias ejercidas por Rossellini en sus sucesores o del tiempo en que vivió Hitchcock (su vida y opiniones), no es pertinente escribir sobre Godard en el pasado. Su cine está en el futuro: no su “contenido”, no su “forma”. Hablo de esa totalidad, esa fusión, esa posición que ocupa su cine y, a su sombra, el resto del cine visto a través del prisma godardiano. Somos los demás los que estamos en camino. Aún no hemos llegado a Godard.

El maoísmo incluso cantado en La chinoise no es anticuado ni es peligroso. Fue otro de los atrevimientos de Godard, de sus compromisos y hasta caprichos vitales, otro de sus convencimientos (ambiguos, como todos), al menos durante aquel período impuro.

Los que nadan y guardan la ropa o los que aspiran siempre a posicionarse (o no hacerlo) en el lugar correcto (con miras al futuro), ¿qué tienen que ofrecernos? ¡Desganas, vacuos matices, obviedades, retortijones académicos, sabores a “establishment”! Bien por ellos y sus espectadores apócrifos.

La política de La chinoise, no obstante, no es el maoísmo ni el marxismo-leninismo ni el anarquismo, aunque es evidente que por allí rondan sus lemas, medias verdades y dicotomías. La política en Godard es choque y discusión, debate y dialéctica asistemática, juegos de palabras que atentan contra el mundo que los sustentan.

Godard se tira a las piscinas de su tiempo y lugar; por eso su tiempo (su lugar) aún no ha llegado y su actitud no se percibe hoy día en nadie dentro el mundo del cinematógrafo (cada vez más engullido por otras pantallas retóricamente interactivas).

La chinoise es diversión y rebelión, es subversión de imágenes y sonidos y es, atención, vista hoy en su montaje fresco e impertinente, una deconstrucción de las reglas mismas que parecen crearla. Una decontrucción de la deconstrucción, una construcción implacable: quién va a (a)placarla.

Godard no era un dogmático ni un ortodoxo, como argumenta McCabe en su fabuloso (aunque demasiado “político” en su seco sentido, sin política de la imagen) libro. JLG de todo se mofaba, y sus respetos y candores esparcidos en yuxtaposiciones, arritmias e inmersiones icónicas y acústicas, quedan así rebautizados y no cabe si no tomárnoslos relativamente en serio pero sólo parcialmente a la ligera.

Triunfa, en este Godard, la Política con mayúsculas, ese desierto actual en el cine, por algunos pensada como invento de Loach o Costa Gavras, cuando la política nace de la confrontación, la gesticulación, la articulación y el manejo dinámico y razonado (no siempre razonable) de lemas, principios y consignas. La política progresista, claro. ¿El terrorismo? Hoy día, con el ruido de sables mariachis y baturros que impera en la santa España, hablar de esta cuestión no conduce a casi nada. 1967 no es 2006, para empezar. ¿Y para terminar? Pues aún poco sabemos, ya digo. Godard aún está por llegar, sus películas surgen como caricias y dinamita y eso no lo consigue nadie más, ni siquiera Pasolini, más estructurado y sentimental, más claro en sus planteamientos y monsergas. Los filmes de Godard no parten de un planteamiento sino de un desenlace y terminan no con un desenlace sino con un nudo. A veces, como en Passion o Alphaville, con un nudo en la garganta.