LEAN David (1908-1991)

A Passage to India (Pasaje a la India) (1984: 8.5)

Un personaje de Arte, la exitosa obra teatral de Yasmina Reza (traducida por J. María Flotats), pone en duda el mérito obligatorio de lo moderno en el arte: “Has dicho modernísimo, como si moderno fuera el non plus ultra del halago. Como si, hablando de algo, no se pudiera llegar a más, lo máximo, lo más alto: moderno”.

En 1984, en unos años de apogeo burbujeante y juvenil de los Spielberg, Lucas, Cameron, Reitman, Dante y compañía, años también de la consolidación crítica del nuevo y travieso cine americano de los Scorsese, De Palma, Reiner, Demme, Rudolph y otros, debió de sonar a rancio, anacrónico y anti-moderno que el buen David Lean se despidiera del cine sin cambiar ni de chaqueta ni de temáticas ni de estilo.

Pasaje a la India es más de lo mismo en el autor de obras épicas, extensas y de época como Lawrence de Arabia, Doctor Zhivago o El puente sobre el río Kwai. Contiene al mismo tiempo el mejor ímpetu narrativo y unas poderosas pausas contemplativas. Está realizada desde la ilusión por la aventura exótica, una serena destreza narrativa y una música conmovedora. El argumento principal se desarrolla sobre el contraste dramático entre personajes que provienen de entornos culturales totalmente opuestos. Pasaje a la India está basada en la novela de E.M. Forster, un favorito del vilipendiado James Ivory; es un libro que yo no he leído pero (como tantos otros) mi chica sí. Y no se aburrió nada.

Todo es admirable en Pasaje a la India, con la excepción de su metraje, más de dos horas y media que se hacen un poco largas. Modélicamente rodada, briosamente interpretada por sus actrices (Judy Davis y la oscarizada Peggy Ashcroft) y con una fusión entre fastuosos paisajes indios y elegantes escenas de interior, Pasaje a la India es una bella historia de amistad, amor, choques culturales y miedo a lo desconocido: al Otro, como nos enseñaron a decir en Filología Inglesa.

Hay dos referencias cinéfilas que querría mencionar. No he podido dejar de pensar en la armoniosa e imbatible El río de Renoir, tanto por la India como por cierta manera natural, equilibrada y madura de poner la cámara delante de los personajes. En segundo lugar, en una escena protagonizada por Judy Davis ante unas esculturas de enamorados, y que termina de manera inquietante y hitchcockiana con unos monos perseguidores, es imposible no acordarse de Viaggio in Italia, de Rossellini. Es mi escena favorita de todo el film.

Una más que notable, enigmática y armoniosa despedida del cine de David Lean (septiembre de 2014).