HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Torn Curtain (Cortina rasgada) (1966: 8.0)

Paul Newman y la maravillosa Julie Andrews son las estrellas de uno de esos “títulos menores” de Hitchcock; palabras mayores en casi cualquier otro director. Una fantasía anticomunista y patriótica ambientada en años de la Guerra Fría y que se fundamenta en una trama inverosímil, unos personajes estrafalarios y graciosísimos y una puesta en escena elegante y puntillosa, como siempre en el inabarcable Hitchcock.

Cortina rasgada hace referencia al Telón de Acero (“Iron Curtain”), en efecto, “rasgado” por las peripecias del traidor científico que interpreta Newman. La “broma” del traidor y el héroe dura media hora: ¿cómo nos íbamos a creer que Paul Newman era el malo de la película? La escena en la que él le dice a su novia, Julie Andrews, que en realidad no es un traidor sino un espía es un auténtico torbellino cinematográfico: cómo se acerca la cámara por detrás, cómo vemos que a ella le ha cambiado la cara y sonríe como un inusitado cielo azul. Qué alivio: ella tampoco podía entender que su amado prometido se hubiese pasado a las filas comunistas de la Alemania llamada Democrática.

Esa escena, al igual que la inicial de los dulces besos entre las sábanas, nos dan la clave del film: se trata de una apuesta sentimental del gran Hitchcock. Torn Curtain es, sobre todo, una historia de amor basada en la fidelidad incondicional de Andrews por Newman. Otra historia de amor que, en manos de Hitchcock y sus tramas enrevesadas, corre peligro de extinguirse. Pero no lo hará, pues Hitchcock era un racional romántico y, pese a todo, prefería los finales felices.

Por lo demás, como en casi todo Hitchcock, hay acción, intriga y suspense pero los héroes, Newman y Andrews, nunca parecen hacer esfuerzos ni violentarse, tampoco llegan a despeinarse ni a sudar. Este rasgo banal o menor nunca deja de sorprenderme. Es otra idiosincrásica de Hitchcock, cuyas milimétricas y perfectas imágenes no ayudarán a hacer el mundo más real sino, más bien, más extraño, como una perpetua, precisa y a ratos romántica ensoñación.

 

Pd. Julio Diamante, en De la idea al film, escribió algo así: “La enorme capacidad del cine para introducirnos en la realidad, la tiene también para sumergirnos en la irrealidad”. Habla también de “analogía entre el film y el sueño”. Un estado como de hipnosis, según Diamante citando a Buñuel.