KNIGHT Steven (1959-_)

Locke (Locke) (2013: 7.0)

Locke, no siendo ninguna obra maestra y, ni siquiera, tan novedosa como la están vendiendo, sí es una película vibrante que, sobre todo en su primera y más misteriosa media hora, nos lanza un anzuelo irresistible y nos llega a dejar sin aliento.

Pocas veces se habrá explotado más y mejor un teléfono móvil (o un "sin manos") en una película.

Y nunca se habrá oído más veces en una película la palabra “cemento” (“concrete” en inglés). ¿A que suena enigmático?

Locke, que peca de cierta teatralidad “psicodelizante” y sufre por algunos diálogos forzados (en las conversaciones telefónicas del conductor con sus hijitos y los diálogos de ultratumba con su papá), está hecha desde el talento y la capacidad para enhebrar una historia de una manera diferente, desde el interior de un vehículo todo el tiempo.

Uno puede pensar, mientras ve esta película en los cómodos cines Renoir Retiro (septiembre, 2014), en otras obras sobre hombres al límite. En mi caso, en clásicos de bajo presupuesto como Detour (Ulmer) o Con las horas contadas (Maté), y acaso en alucinadas obras de Lynch como Carretera perdida.

Sin embargo, el fin último de la película del británico Steven Knight es más ortodoxo, yo diría que incluso querría ofrecernos una nada cínica moraleja. Pues Locke es una película sobre un hombre que, colocado en una situación desesperada, toma cartas en el asunto, no se esconde y hace lo que tiene que hacer. Desde el deber, desde la ética; con gallardía, determinación, sin tontas excusas. Y ésta no parece mala moraleja, nada mala.

Ese bebé al que, a través del móvil del protagonista (el buen actor Tom Hardy), oímos llorar al final de la película, seguramente le reconcilia y nos reconcilia con la vida, la belleza y la conciencia en paz. 

Todo ello tras 90 minutos (en tiempo real) progresivamente tormentosos. Hasta la calma final.