SPIELBERG Steven (1946-_)

E.T. The Extra-Terrestrial (E.T. El extraterrestre) (1982: 6.5)

VUELVO

Con gran curiosidad vuelvo a acercarme, muchos años después, a uno de los mayores éxitos de la historia del cine. Spielberg diseñó un encuentro entre un niño y un extraterrestre que encandiló, con estrategias sencillas pero muy sagaces, a millones de seres del planeta Tierra.

DEJAD QUE LOS NIÑOS

En Spielberg siempre hay buenos y malos, sin más. Los buenos de la cinta son el alien y los niños, mientras que desconfiamos de los adultos, de quienes no vemos la cara hasta la mitad de la cinta. Antes sólo nos muestran sombras, piernas y ruidos amenazantes. Los adultos son los malos o, al menos, no son buenos; y casi todos se parecen, son una “masa”. Mientras, el extraterrestre es un “otro” que es bueno y pacífico por naturaleza.

Y, muy importante, cada niño tiene una individualidad marcada y propia, también bondadosa y empática.

De esta manera, Spielberg se estaba ganando a la chavalería mundial para su causa. La causa de la emoción, el éxito y los dólares. La causa del infantilismo y el “buenismo”, como se dice en los últimos años (escribo en octubre de 2014).

Mientras que a lo largo de la historia del cine (y de la literatura hasta el siglo XX) los niños habían sido habitualmente representados como seres humanos normales que aprendían a ser adultos, en los setenta Spielberg rompió la baraja y colocó al niño como “extraterrestre”, en una especie de universo mágico y separado de los adultos. En las películas de Spielberg (en Encuentros en la tercera fase este rasgo es más irritante), los niños no maduran sino que se encierran en sí mismos, se repliegan, se individualizan caprichosamente y crean así complicidad con el espectador joven y confuso; en oposición a los adultos y sus responsabilidades serias y aburridas, absurdas o violentas.

Spielberg se encadena así a la emoción infantil, joya de la corona, paradigma de su cine. Una emoción que el director americano busca desesperadamente (en sus peores momentos) para complacer a los espectadores. La emoción empática, sobrenatural y juvenil frente a la austera racionalidad, frente la fría ciencia y el intelecto. La emoción desatada frente a la sobriedad, la profundidad y la sutileza. Spielberg logró el milagro de la conexión con el extraterrestre llamado niño, a quien él mismo ayudó a ser distinto, mágico y carismático: un alien. 

La emoción, decimos. La emoción universal del ser perdido y extraño que quiere retornar a su hogar y no sabe cómo hacerlo. Un indudable acierto narrativo y dramático de Spielberg.

CUANDO YO ERA

Y ahora hablaré de mí. Porque E.T., ahora, con mis 38 años, me parece interesante y entretenida pero no llega a afectarme. Sí admiro sus texturas y movimientos en varias escenas. Su juego de luces y sombras, como en el encuentro en el cobertizo entre el niño y el extraterrestre. Y su suspense. En manos de Kubrick, E.T. podría haber sido una punzante película de terror. Por ejemplo. 

Cuando yo era adolescente, a principios de los noventa, escuchaba muchas noches el programa radiofónico de Carlos Pumares. Y recuerdo que más de una vez dijo (y se me quedó grabado) que la diferencia entre una obra maestra y una buena película era la que existía entre ¡Qué verde era mi valle! o ¡Qué bello es vivir! y E.T. Pumares señalaba cómo la primera vez que uno ve E.T. puede ablandarse o turbarse, sobre todo si se es muy joven. Pero que la segunda o la tercera a uno ya le importa un huevo si el alien vuelve a su planeta o monta una tienda de ultramarinos. Por el contrario, las películas de Ford y Capra continuaban y continúan conmocionando una y otra vez, da igual cuántas veces se vean. Son universales, no infantiles, y juegan más limpio, añado yo.

Pienso ahora que Pumares tenía bastante razón y ejemplificaba muy bien lo que es una obra maestra. Y diré que, más allá de las artes respectivas de Ford, Capra o Spielberg, otro problema para mí indisoluble, y que me alejará siempre de la tierna conmoción spielbergiana, es que en E.T. el protagonista es un ser feo, pringoso y sobrenatural, sin claros rasgos humanos (no como Eduardo Manostijeras, por cierto, portento de emoción, complejidad y humanidad).

Será una razón simple o estúpida, seguramente, pero a mí no me puede enternecer un bicho así, es misión imposible. Como tampoco un “cartoon”, por muy bien que esté dibujado o diseñado por ordenador.