AKIN Fatih (1973-_)

Auf Der Anderen Seite (Al otro lado) (2007: 7.5)

LA POTENCIA: Al otro lado es un formidable pedazo (bueno, podría ser aún más formidable) de cine europeo joven, moderno, mestizo, elástico, atento a las complejidades y contradicciones del presente, un acrisolado mendrugo de cine alemán y turco sobre personajes que se buscan sin encontrarse, personas que dudan de sus principios, sus lugares y tiempos e intentan una vía de escape a través de otras personas.

Al otro lado es un cine valioso y despierto, un trozo de globalización en pantalla, bien que centrada en las relaciones germano-turcas, en el idealismo revolucionario (activistas políticos que aún optan por el terror frente a los abusos de la alianza entre estados y Mercado: Turquía, la UE, los EEUU...), los sueños de una juventud desconcertada y la necesidad de cercana compañía de unos mayores aún más desconcertados. Una globalización que atrae y que irrita, que facilita encuentros y despedidas, que (y perdón) aliena lo mismo que iguala: pues uno puede estar en Bremen o Estambul, aquí o allá y, de pronto, decidir echar raíces allá o aquí, asentarse e integrarse (pero sin demasiados “attachments”) al lado de otros, al otro lado, intentando encontrar el lugar donde uno se siente más a gusto consigo mismo, huyendo del pasado, confiando en el presente y... el futuro... El futuro ya se verá, porque el futuro nunca llega a tiempo.

La potencia de Al otro lado se basa en su muy trenzada trama y en el drama de unos personajes (acertados actores: en especial los mayores, el magnífico Tuncel Kurtiz y la fassbinderiana Hanna Schygulla) que se adaptan a los nuevos climas (morales, sociales, mentales) duros, inhóspitos, agridulces y variados como buenamente pueden, pues hay que sobrevivir. Al otro lado busca al famoso “otro”, aquel que somos o podemos ser con sólo reflejarnos en el espejo del golpe de mala suerte, el azar y las circunstancias. Cuestiones, identidades e historias sentimentales, genéricas, sociales, políticas, sexuales y familiares se entrecruzan, se rozan, se agreden, se acarician y se miran altivas sin encontrar más respuestas que la muerte y, en vida, el esfuerzo por dialogar, renunciar a cosas, integrarse y no dar carpetazo, sin más, a los otros, sean como sean los demás, hagan lo que hagan.

CON DEMASIADO CONTROL: Escribe Andrés Neuman (en el suplemento de cultura de ABC, abril de 2008), en la columna alfabética “De la alegría al zen”, y en la voz “montaje”: “en el cine actual, maniobra de distracción que finge convertir una historia elemental en otra sofisticada”. Tras Babel, en fin, la tentación es poderosa, terrible. Akin no es que intente resistirse, es que se enfanga en los lodos del guión partido, reiterativo y encontradizo, las gigantescas casualidades (en las que ya reincidía el influyente Kieslowski) y esa cosa tan manida de demostrar en pantalla que “It’s a Small World”.

Es increíble, opino, que en la entrevista con Akin que acabo de leer (en la hoja informativa de los “Yelmo Cines Ideal”), éste no haga, ni de pasada, referencia a ese u otros filmes de Iñárritu y Arriaga. Hay hasta momentos clonados en Al otro lado, la verdad y, por ejemplo, la historia de la pistola escondida, con su cantado destino final (forzadísimo como bastantes de las situaciones y encuentros que forman Al otro lado), debería irritar al espectador entregado, crítico y exigente. El problema de este talentoso director es que (acaso le ocurra también a Winterbottom) se concede demasiada importancia. Su brillante y potente cine se eclipsa, en varias ocasiones, a sí mismo mediante dosis mal disimuladas de pretensiones filosóficas y de “coolness” sin cuento, en especial en lo relativo al guión y a cierta falta de espontaneidad “real” (incluso en su timidez) de los personajes, algunos de cuyos gestos, ademanes y palabras (a mí) me han resultado “actuados” en demasía.

Pero, además, esto afirma Akin a propósito del éxito de su película previa, Contra la pared, en el folleto citado más arriba:

 

Quería demostrarme a mí mismo que no había agotado mis posibilidades con la película. Tengo por costumbre usar metáforas deportivas y no paraba de decirme a mí mismo que no hay que abandonar la carrera en los primeros cien metros. Debía superar Contra la pared. Para eso era necesario batir a Carl Lewis y convertirme en Ben Johnson.

 

Nada menos que esto declara Akin. Demasiado sospechoso; podría pensarse con razón  que este señor tan competitivo es, en realidad, un perspicaz artista al que le han crecido los enanos (atletas) de la ambición y el éxito, alguien a quien le falta una migaja de humildad y que, además, tiene ínfulas de impresionante genio, un Chaplin, un Pasolini, un Scorsese. Si le hubiera salido Ciudadano Kane o Al final de la escapada, a saber qué símil deportivo habría improvisado el amigo Akin. Acaso habría ido “beyond” el deporte, ascendiendo hasta la nueva frontera competitiva, la conquista del espacio, como mínimo... Recordemos, en todo caso, por si Akin no lo ha sopesado, el triste final de Ben Johnson: su carrera terminó de golpe cuando se demostró que sus asombrosas marcas en los cien metros lisos las había conseguido gracias a fármacos, el famoso “doping”, amigo Akin... Al otro lado podría ser también un ente dopado...

En todo caso, apetecería decirle a este prometedor autor que, a lo mejor sin tanta “iñarrituada” metodológica (en ningún caso “hanekianada”, conste, pese a la superficie y a los “códigos desconocidos”), sería capaz de llevar a buen puerto películas igualmente modernas y complejas pero más honestas, hondas, de una pieza y que jugaran menos sucio (tanto azar azaroso, qué necesidad hay de obligar a los personajes a cruzarse, sin saberlo, por el mundo). Así su película podría estar a la altura de contemporáneas suyas (que tampoco son obras maestras) como, se me ocurren a bote pronto, Uzak (Ceylan), Symetria (Niewolski), Pequeña Miss Sunshine (Dayton y Faris), Paradise Now (Abu-Assad) o El aura (Bielinsky), filmes seguramente más pequeños e inseguros pero, por eso mismo, más auténticos y penetrantes (la estupenda Little Children, de T. Field, cae también, en su final, en ese afán estetizante de las simetrías, el azar con aroma de azahar y los círculos cerrados con apariencia de abiertos).

SÍ SIRVE DE ALGO, PERO...: Fatih Akin podría ser un maravilloso director si se olvidara un tanto de sí mismo, si, por ejemplo, pusiera el guión en manos de otra persona, si, qué sé yo, se dignara en seguir a un personaje, tema u obsesión hasta sus últimas consecuencias, en lugar de jugar con todos ellos a las marionetas posmodernas, pretendiendo dejar para el recuerdo imágenes de artista consumado (que no es)... Cuando lo cierto es que, por el camino, ha ido sembrando un reguero de grietas, virutas y encajes de bolillos propios de un novato genial que, en su film, se preocupa más por la estructura elaborada, reiterativa y de ecos-porque-sí que por la propia imagen, “la cosa en sí”, con una fuerza que debería ser intrínseca, derivada de la elocuencia, la belleza, la subversión o los dramas sin despejar.

Pese a que, en lo referido a Al otro lado, si le aplicamos el conocido teorema español del ruido y las nueces, vence, afortunadamente, el segundo elemento, la actividad irritante del primero es lo suficientemente molesta como para desear que, en un futuro a medio plazo (olvidándose de ceremoniosas y muy sospechosas “trilogías” sobre “el amor, la muerte y el mal”, citados en el folleto de los cines Yelmo), los frutos resultantes sean más humildes, redondos, superiores y limpios.