GORDON Michael (1909-1993)

Cyrano de Bergerac (Cyrano de Bergerac) (1950: 2.0)

Producción de Stanley Kramer: tan mala como su actriz principal: Mala Powers. Tan ornamental como la música de gotelé de Tiomkin, prescindible. Cyrano de Bergerac gira en torno a los esfuerzos interpretativos de José Ferrer, que declama y declama; es una desdicha comprobar cómo la cámara, en lugar de huir de semejante lastre, no se separa de él ni un segundo. Encima, nos lo subraya sin piedad, como haré yo con los epígrafes de esta pieza.

Esgrima verbal y de la otra: teatro filmado por un mamporrero del séptimo arte, un tipo que me cae, desde ya mismo, muy gordo, Gordon: un director sin estrella ni estilo (aunque Pillow Talk no esté mal). Autor de una película que, vista hoy (supongo que los más perspicaces tuvieron que darse cuenta también entonces), supone un reivindicación de la prehistoria del cine. No por su año de producción, 1950: en ese año firmaron obras inmensas maestros como Rossellini, Ophuls, A. Mann, Antonioni o Kurosawa, y nos dejaron interesantes filmes valiosos realizadores como Maté, Seaton, Boulting o Negulesco, por decir algunos.

La prehistoria del cine: ese carácter tosco, repetitivo y ceremonial; esas texturas de literatura altisonante y drama recargado; esas estrategias gastadas, artificiosas y sumisas ante el actor egocéntrico y el  texto de supuesta alta cultura. Narración pobre, sin fuerza ni profundidad ni matiz: qué estatismo, qué largas y premiosas escenas.

Una lata: quien diga que el sutil, hondo y versatil Bergman aburre es que no conoce a Gordon: a mí Cyrano de Bergerac me parece una lata... Aunque quizá sea que me he levantado hoy con el pie izquierdo (menos mal, en todo caso, a tres semanas de las elecciones...).

Cine de época: comparte similares ropajes y tirabuzones con el cine (tampoco demasiado destacable, pero mejor) realizado por, se me ocurre, Rowland L. Lee (El capitán Kidd, El hijo de Montecristo, etc.); y, por marcar distancias, se encuentra a muchos fotogramas-luz del color, el vigor y la gracia de Tourneur en El halcón y la flecha.

Chiste bobo: siendo una película de duelos a espadas, le asigno este naipe: el 2 de espadas. Es bastante más deficiente que su “remake” de 1990 de Rappeneau, con Depardieu en plan abarcador: superproducción francesa desigual y eterna que vocifera su calidad y sus méritos de manera harto ostentosa... Pero, al menos, frente a la propuesta gordoniana, tan de sal gorda, la de Rappeneau consigue unos pocos momentos vivos y emocionantes.

Curiosidad: sueño con que algún día los confusos hermanos Wachowski se decidan a lanzarnos su propia versión del insigne narigudo: cómo no imaginar a esos bravos espadachines multiplicados digitalmente por mil, persiguiendo sin tregua y sin muecas (y pocas palabras) al iluminado Neo-Cyrano, el Elegido para alguna apocalíptica misión... ¡Kleenex Revolutions!

El tema: es lo único atractivo; la frustración del hombre ingenioso al ver que la mujer amada prefiere al guapo patán sin gracia ni talento para la poesía. Horrible, esa típica frase, ¿no te parece, amigo Bergerac? Eso de “me gustas... como amigo”, ¿qué hay peor, Cyranito?

El héroe: José de Bergerac, Cyrano de Ferrer, orgulloso, ajeno a lo razonable, supongo que habrá que escribir que un romántico pero, en lo que a mí respecta, un narizotas refitolero.

Mi modesto canon: este Cyrano de Bergerac se coloca en una de las más altas cumbres dentro del cine insulso, maquinal, recitativo, lírico sólo si consideramos que lírica es lo que desprenden las columnas “azaharosas” de un Antonio Burgos... Vade retro por siempre jamás.

Fin: película mega-cargante: el pre-cine, podríamos decir (siguiendo a J. Costa). Un cine aquejado de incurables achaques del peor teatro: modorro, pasivo, redicho y florido. Me obliga a pulsar el botón de STOP tras sólo 55 minutos. A otro con tales milongas.