SKOLIMOWSKI Jerzy (1938-_)

Moonlighting (Trabajo clandestino) (1982: 9.5)

PRÓLOGO. He de descubrir más películas de Skolimowski. Si quisiera exagerar, casi diría que me urge.

Tras El grito y Essential Killing, veo ahora (marzo, 2015) Trabajo clandestino. Me quedo mudo del asombro: hipnótica curiosidad desde la primera imagen de los pobres polacos en el aeropuerto, rumbo a Londres, principios de los años ochenta.

PIENSO. Esa música de fondo inquietante, esa percusión que funciona como una maldición. Me hace pensar en Weekend de Godard, seguramente un vínculo sin sentido pero que yo he sentido. Pienso en lo amenazante del mejor Polanski, en lo imprevisible  y violento de Perros de paja. Pienso también en el momento de extrañamiento en el que el papá chino de El banquete de bodas levanta los brazos cuando es registrado en la aduana porque se va de los EEUU. Pienso en el teatro de Harold Pinter: sus casas claustrofóbicas, sus luchas de poder interno.

Pienso en el comunismo, claro, y en Trabajo clandestino como parábola del comunismo. Una ideología totalitaria que aún encuentra en la actualidad aguerridos defensores en nuestro país; en esta España de una crisis creada, según los neo-comunistas, sólo por culpa del “capitalismo salvaje”. Teoría que sirve para que los nostálgicos del comunismo, los jóvenes ingenuos y los peligrosos utópicos se apunten en masa al “rewind”, sintiéndose al mismo tiempo modernos como Twitter, puros como Hessel y revolucionarios como el Che.

FÍSICO. Moonlighting es un tipo de cine que ahora apenas se ve ni se oye. Muy físico, centrado en el trabajo de unos pobres individuos que vuelan a Londres desde Polonia a principios de los 80 para reformar la casa de un polaco rico. Los comanda un extraordinario Jeremy Irons, que encarna al único polaco del grupo que habla inglés, el que les sirve de intérprete y jefe en su desventurada aventura británica.

Cine físico, ya digo. Cine singular en sus ruidos, su violencia de metales y grúas y tabiques echados abajo. Un cine, y perdonen que me ponga cursi, hambriento de libertad, que gime desesperación y que desde su pura fisicidad de imágenes y ruidos, alienta interpretaciones sociales, filosóficas, políticas. Escribía hace unos meses F. Aramburu en El Cultural (diciembre 2014), a propósito de un libro de Theosore Zeldin: “Por fuerza, cuando uno expone su ideal del hombre declara al mismo tiempo la distancia desde la cual lo observa. Cuando más lejos se sitúe, mayor será la densidad totalitaria de su mirada. Verá sistemas, no caras individuales”. Pienso en estas palabras y deduzco que la mirada de Skolimowski, compleja pero concreta, es opuesta al totalitarismo. Vemos en Trabajo clandestino las caras, los brazos, los sufrimientos específicos: carne, huesos, sudores, caídas. Pobres polacos, pobres currantes, casi esclavos durante su periplo londinense, trabajando a destajo, comiendo y durmiendo en condiciones miserables. Unos explotados silenciosos.

THE WEST AND THE REST. Y qué Londres, qué Occidente nos muestra Skolimwoski con nerviosa ironía, paradójico en sus dicotomías: despreocupación y desconfianza, libertad y seguridad, ley y crimen, democracia y apatía. Qué inquietud se respira, además. Esos niños que rompen el cristal de una cabina. Esa señora que roba en el supermercado. Esas chicas de la tienda de ropa que no hacen ningún caso a nuestro torturado antihéroe, Nowak (Irons); un Nowak obsesionado con su novia Anna, que allá en Polonia quizá le esté poniendo los cuernos con el jefe.

Y, mientras tanto, mientras estos cuatro polacos trabajan clandestina y míseramente en una casa en Londres para ganar un sufrido jornal (muy superior al que ellos ganarían en su país de origen en varios meses de trabajo), en Polonia hay un golpe militar que intenta desandar los aires de libertad que allí se venían acumulando, alentados por el sindicato Solidaridad...

GRAN CINE. Película compleja y amarga, esencial y bruta, enigmática y sardónica, Trabajo clandestino es una joya. Una de las grandes películas de la década de los ochenta. Un cine inhóspito y turbador. Un ejemplo.