GORSKI Peter (1921-_)

Faust (Fausto) (1960: 1.0)

Me alegré insensatamente cuando llegué a los cines Doré y comprobé que la versión de Fausto que mi amigo y yo íbamos a presenciar no era la de la Fura dels Baus, que no quería yo ver ni en pintura.

Pero a veces las alegrías son castigos. Ahora casi me da rabia que la programación incluyese tal error, porque el Faust del amigo Gorski es infumable, pesado como un tosco baúl de desván, repleto de antiguallas inútiles y pedantes: feos candelabros, odiosas cajitas de música, máscaras redundantes, apolilladas mantas, oxidados porta-retratos... Lo muerto.

Dejé a mi amigo solo ante Fausto tras casi una hora de teatro filmado; no vi ni la mitad, pero podría haber abandonado la sala a los diez minutos y tampoco habría pasado nada. No se trata de ser puristas ni dogmáticos, pero tener que aguantar teatro filmado, construido con aspavientos, declamaciones, artificio operístico y grandilocuencia retórica es como darse a la fustigación sin desmayo. No llego yo a tan altas cumbres del masoquismo. Soy persona abierta que disfruta con mucho cine iraní y chino, con El sol del membrillo y todo Bergman, con Antonioni, Visconti, Ozu  y hasta la Factoría Warhol, así que no se me podrá acusar de frágil o robaperas. Pero ha habido tres o cuatro piedras en mi vida cinematográfica con las que he tropezado sin remedio. Porque hasta aquellos que dicen comer de todo guardan en secreto una animadversión hacia el salmón ahumado, el atún en lata o el brócoli hervido. Nadie es omnívoro. ¡Y dichoso brócoli!

Una de estas escasas piedras que se me han indigestado ya es, ¡vaya si lo ha sido!, este Faust dirigido por Peter Gorski y protagonizado por Gustaf Gründgens (el tentador Mephisto) y Will Quadflieg, tan inexpresivo Fausto como Richard Gere. Uno no puede engañarse a sí mismo tanto como para querer aparentar un deleite hacia un producto de tamaña altisonancia. Visto hoy, y pido perdón por mi ignorancia, mis malas influencias, mi tonta vagancia o mi falta de sapiencia, este Faust es mucho, muchísimo peor que cualquier obra de teatro que yo haya “visto” en televisión, incluyendo varias de aquellas versiones clasiconas que se rodaban en TVE hace unos lustros.

Tanta rigidez, tanto rostro envarado y ceremonioso, ese Demonio con cara de vicioso mimo, ese Fausto adusto como un palo... Tanta, en suma, teatralidad indisimulable, opereta insistente, trasnochada como Tarkovski y sus seguidores. Jamás Bergman, en sus momentos más teatrales, se alejó tanto de la sustancia fílmica, del movimiento. ¡Pero Gorski es un plomo! El único que, en la actualidad, se me ocurre (aunque él nunca lo reconocería), podría ser tan infausto como Herr Fausto es el gran danés Von Trier.