BERTOLUCCI Bernardo (1940-_)

La tragedia di un uomo ridicolo (La historia de un hombre ridículo) (1981: 4.0)

El actor italiano Ugo Tognazzi es ese hombre ridículo del título de la película. ¿Por qué ridículo? Bernardo Bertolucci lo sabrá, suponemos.

Yo diría más bien que es un hombre confundido y descreído, superado por los acontecimientos. Un hombre que ya no comprende lo que pasa a su alrededor. Nos recuerda a héroes escasamente heroicos del género negro de los setenta como el Gene Hackman de La noche se mueve y La conversación, o el Elliott Gould de El largo adiós. Investigadores a los que la peligrosa y ambigua modernidad les adelantaba cultural y socialmente y ellos se quedaban aturdidos, con el pie cambiado en política, emociones y costumbres. Dudando sobre qué hacer con su libertad y sospechando si aún habrían de ganársela.

La historia de un hombre ridículo no puede ser de ninguna manera una de las grandes películas de Bertolucci. Un director que, a la altura de 1980, y tras la fallida La luna, debía de sentir el peso del pasado y la ansiedad por el futuro. Quizá se debatía entre seguir siendo esquivo y moderno tras los ecos bastante apagados de Pasolini y la Nouvelle Vague o, por el contrario, centrarse un poco, aprovechar su talento y contactos y apostar por argumentos fuertes, narraciones nítidas y grandes producciones.

Algunos cinéfilos previsibles asegurarán que Bertolucci renunció a sí mismo en su siguiente película. Que se rindió, que dimitió del cine más personal, indagador, misterioso e idiosincrásico. Tengamos en cuenta que, tras La historia de un hombre ridículo, Bertolucci tardó seis años en volver a rodar un largometraje. Y fue El último emperador, un empeño probablemente menos íntimo pero una obra colosal, ambiciosa y multipremiada.

Dicho esto, no somos pocos los que consideramos El último emperador como una magnífica película, muy superior a la obra que aquí comentamos interpretada por el carismático y algo despistado Tognazzi, esa estrafalaria historia de un hombre ridículo… Estrafalaria y, vaya por Dios, poco más. 

Concluimos, pues, que lo más personal no tiene por qué estar más conseguido, ni ser más interesante ni mejor. Los buenos directores también a veces se extravían y sus extravíos no han de ser por fuerza ni artísticamente atractivos ni éticamente iluminadores. 

(Mayo, 2015)