TARR Béla (1955-_)

Szabadgyalog (The Outsider) (1980: 6.0)

The Outsider o, en español, “El forastero” (“intruso”, “marginal”, incluso “antisocial”) es una de las primeras películas del director húngaro Béla Tarr. Como en su anterior obra, la más conseguida e interesante Nido familiar (de 1979), Tarr nos encadena al tiempo en el que viven unos personajes ni particularmente atractivos ni demasiado simpáticos.

Ambas películas son dramas sin la ortodoxia del drama habitual; una especie de drama alargado en sus tiempos muertos que se centra maniáticamente en rostros, conversaciones y silencios. Dramas sin el peaje del clásico orden introducción-nudo-desenlace que versan sobre el paso del tiempo, la fatalidad de la vida y sobre los compromisos que adquieren los personajes y que no les hacen felices. Son personas que apenas logran mejorar su situación personal, social y económica.

El “outsider” de la película es un músico bastante apático. Hay muchos números musicales en The Outsider, ninguno especialmente destacado. Los personajes de la película hablan casi siempre sentados; parlotean y filosofan, fuman mucho y beben bastante. No parecen satisfechos con sus vidas pero tampoco hacen nada para cambiar el rumbo y conseguir algo distinto (los hombres son aún más pasivos que las mujeres). Tipos que se resignan, sonríen, bromean; alguno se decepciona, otro se burla, uno se suicida. Son personajes a la deriva, a la intemperie ante el infortunio; personajes ni rencorosos ni alegres, más bien desencantados con la vida que les ha tocado en suerte o, en general, con la Vida, con mayúsculas como si la firmaran religiosos como Malick o Tarkovsky.

Béla Tarr, de manera descuidada e informal, como un Cassavetes barato y sin glamour, mostró en The Outsider que aún le faltaban años para llegar a ser el Béla Tarr que a algunos nos ha sobrecogido. El Tarr dominador de un estilo contundente y una dignidad propia. El Tarr cuyas mejores películas suponen pavorosas curas de humildad: Sátántangó, Armonías de Werckmeister y El caballo de Turín.

A mí me entusiasman los grandes títulos de Béla Tarr no por su oscuridad, patetismo o decadencia, y mucho menos porque reivindiquen el “absurdo vital” o supongan ataques al famoso “neoliberalismo” ni nada semejante... A mí, el Béla Tarr de los poderosos y extensos planos-secuencias me perturba porque, a través de su poderoso estilo visual, consigue hacer visibles a los condenados de su país, a quienes vemos en sus quehaceres diarios y desahogos momentáneos; al mismo tiempo, Tarr conecta al espectador con una dura condición humana, tan primitiva como universal. Así su cine nos “des-actualiza”, nos hace relativizar, nos obliga a mirar las flaquezas y mezquindades de los seres humanos, nos tira de las orejas, nos recuerda de dónde venimos, nos pone firmes con severidad

Algo sano, esto último, siempre que no se abuse de las dosis recomendadas, claro está. Un Tarr al año no hace daño. Muy al contrario.

(Julio, 2015)