ADLON Percy (1935-_)

Rosalie Goes Shopping (Rosalie va de compras) (1982: 2.5)

Rosalie va de compras es un tipo de película que no me interesa ni por su tono ni su tema ni su estilo ni su insistencia bizarra. Es una de esas obras que incluso considero nocivas para la sociedad. Por suerte, es poco conocida.

Si van a ver Rosalie va de compras, les recomiendo que lean antes un artículo del escritor Manuel Vilas que trata sobre el arte de Jeff Koons (ABC Cultural, junio de 2015). Pienso que tanto por el marco conceptual, digamos, que propone como por bastantes de sus afirmaciones, puede ser un útil compañero de viaje de la película (y de otras en su misma sintonía).

Cito, para entrar en ambiente, varias frases del artículo de Vilas sobre Koons:

 

-“Consumir es existir, y el existencialismo es consumismo, y los únicos que no consumen son los muertos”.

-“Abraza el Pop, porque el Pop ha sido y es la épica de la cotidianidad de nuestra civilización”.

-“Koons triunfa porque su arte evita el conflicto. Todos queremos evitar el conflicto, sea este de la naturaleza que sea. No hay dolor ni sufrimiento en Koons”.

-“Bajo el capitalismo, todos somos muñecos, y es mejor eso que estar muerto. Celebrémoslo. Porque el arte de Koons representa la mayor elevación estética a la que ha asistido la clase media occidental en los últimos años”.

-“No existe la superficialidad, o mejor aún: la superficialidad y la profundidad son solo construcciones culturales que no obedecen al instinto de la vida”.

-“Todo lo real es consumible, y todo lo consumible es real”.

 

Estas citas podrían aplicarse, aproximadamente, a la película de Percy Adlon. Es más, creo que en cierta forma condensan la concepción banal de este cine. Fíjense en esa prosa que celebra el arte de Koons sin argumentar apenas nada y, aún más allá, congratulándose en la famosa superficialidad warholiana. El escritor homenajea a Koons y se homenajea a sí mismo a través de sentencias pomposas, definiciones arbitrarias, graciosos atentados a la causalidad, sinécdoques hiperbólicas y ausencia de conectores lógicos. Esa rotundidad cultural. Ese juego de paradojas que parece que sigue de moda. Ese “capitalismo” y esas “construcciones culturales”, todavía ases en la manga para sorprender a culturetas despistados. Ese oír campanas.

Qué engañado me tenía el director Percy Adlon, tras su notable y misteriosa Bagdad Café. Sólo he visto 45 minutos de Rosalie va de compras. Me harté de su imaginería, su farsa, su jactancia, su caricatura, su entonación. Su abochornante crítica del consumismo, su tributo a la irresponsabilidad. Cine de ínfima calidad cinematográfica y humana; un producto ingenioso y exagerado, digno de un mal tebeo pop.

Un cine acaso profético al anunciar el hiperrealismo deformado y bufonesco de tipos que llegarían poco después como Caro y Jeunet, y luego Luhrmann, Wes Anderson y Sorrentino; incluso metería ahí a los Coen, Tim Burton y Kusturica en sus momentos más artísticos y por ello menos inspirados.

 (Agosto, 2015)