WENDERS Wim (1945-_)

Der Stand der Dinge (El estado de las cosas) (1982: 3.5)

A una pregunta sobre el arte contemporáneo, respondió el filósofo Javier Gomá el año pasado (El Cultural, septiembre de 2014): “El problema del arte contemporáneo es, precisamente, que se entiende muy bien pero raramente emociona. Muchas veces es un juego mental”. Y añadió Gomá que el arte hoy día se mantiene en la subjetividad, ha dejado de estar a la altura de su tiempo, “y ya no nos interpela, salvo como ingeniosidad, como decoración o como mercancía”.

No sé cómo interpela, ni a quién, El estado de las cosas. Como nostálgica decoración festivalera, de acuerdo, acaso aún funcione. Lo mejor de esta obra son sus primeros diez minutos: las enigmáticas imágenes de una película de ciencia-ficción que, por lo que luego descubrimos, un equipo está rodando en desolados pasajes de Portugal.

El problema es que el resto de la película de Wim Wenders ya no es la original película de ciencia-ficción sino la historia del equipo de rodaje de esa película. El dichoso cine dentro del cine: ay-pobres-de-nosotros-cómo-sufrimos-los-del-cine. Por consiguiente, asistimos a vanidosas reflexiones sobre la naturaleza del cine de sus torturados y cínicos creadores. Algo así como en la española Arrebato, que tampoco es ninguna obra maestra, pero sin el arrebato.

Wenders hace una película de imágenes muy “cool” pero los sentimientos y las ideas quedan al margen. Wenders fusionando a Godard y Tarkovski, jugando a Zabriskie Point con ambición de Fellini 8 y medio. Un Wenders enlatado y que se cree superior, pero que carece de la capacidad de conmoción de París, Texas. Un Wenders demasiado consciente de su tarea, dedicado a homenajearse más a sí mismo que a su admirado Samuel Fuller (cuyo personaje encadena un tópico tras otro).

Un cine que ha envejecido mal, ¿quizá como todo Wenders? La sospecha de que el cine del autor alemán puede haber sido más hijo de la coyuntura contemporánea posmoderna y, por ello, eminentemente estético e higiénico, juguetón e ingenioso, se ha instalado en mi cabeza.

Hoy, todo suena en esta obra a algo ya visto y oído y, como dicen ahora los modernos, a postureo. 

Imágenes curiosas, paisajes extremos, artistas que se aburren, anuncios de neón, Baudrillard. 

¿Y no es inmensamente pomposo su título: El estado de las cosas? ¿Por qué ese título?

Posdata. Ya no me apetece leer a escritores por lo general enmarañados como Baudrillard, Foucault, Barthes, Derrida, Deleuze, ni siquiera Bourdieu. Necesito que los ensayistas me aclaren, me iluminen, me expliquen bien, me ayuden. No lo contrario. Enciendan la luz.

(Agosto, 2015)