GRIFFITH David W. (1875-1948)

Broken Blossoms (Lirios rotos) (1919: 9.0)

-A la altura de 1919, admirémoslo, nadie sabía narrar mediante imágenes en movimiento como el señor David W. Griffith: con firmeza y fluidez, con recursos y suspense, con dramatismo y verdad.

-Me impresiona pensar que un tipo del cinematográfico, como Griffith, es casi contemporáneo de un literato mítico como Joseph Conrad, pongo por caso. Un adelantado a su tiempo, mientras tantos han ido hacia atrás: en Broken Blossoms Griffith se centraba en la humanidad de las personas, en sus circunstancias y sufrimientos, en sus vidas, trabajos y anhelos (en sus miradas). Pienso en un film del siglo XXI como el coreano, tan “de puta madre”, Old Boy: ¿en qué nos hemos convertido?

-Ocho antes de que Griffith realizara Lirios rotos, Conrad escribió Under Western Eyes, que no guarda relación alguna con nuestra película. Anoto, sin embargo, de esta novela de ideas (tan terrible como lúcida y provocadora aunque, a la postre, larga y desigual en exceso), unas palabras del protagonista, el estudiante Razumov, que al inicio de su inesperada pesadilla se plantea para qué sirve vivir. Y piensa:

 

…life without happiness is imposible. What was happiness? (…) Looking forward was happiness –that’s all- nothing more. To look forward to the gratification of some desire, to the gratification of some passion, love, ambition, hate –hate, too, indubitably. Love and hate. And to escape the dangers of existence, to live without fear, was also happiness. There was nothing else. Absence of fear –looking forward.

 

-Así pues, la felicidad, requisito para vivir. La felicidad: en sentido positivo, mirar hacia delante (el futuro, algo que desear, algo por lo que luchar) y, en sentido negativo, la ausencia de miedo (no vivir temerosos del presente, eso es también felicidad).

-Pero Lucy (carismática Lillian Gish) vive amedrentada y torturada por su padre boxeador (el gran Donald Crisp de ¡Qué verde era mi valle!) y no tiene a nada a lo que agarrarse. Hasta que aparece un inmigrante chino (el no chino Richard Barthelmess) y el futuro escampa ligeramente, como tras una interminable tormenta.

-Broken Blossoms es una historia inmortal, un monumental documento, un monumento documental.

-Imponentes intertítulos salmódicos, bíblicos, poderosísimos.

-Imagen temblorosa, primitiva, planos breves de rostros frágiles o aviesos, qué concreción, afán por el símbolo en los nombres de personajes secundarios.

-La paz de Buda en el violento occidente: eso habría deseado el joven chino que emigra a Londres, predicar la paz y la piedad, pero fracasa, se queda en simple tendero. Brutalizado, mísero Londres de principios del siglo XX; mientras algunas vanguardias hacían de las suyas algún cine contemplaba las posibilidades de la fotografía, del retrato, de expresar sentimientos y emociones mediante conflictos personales. De mostrar lo real.

-Es más evidente, más específico, más acertado, como respuesta a la intolerancia, el halo ingenuo de Broken Blossoms que la mecánica grandiosidad de Intolerancia.

-Este Griffith, neorrealismo italiano, cine iraní: captar injusticias del día a día.

-Muy superior, Lirios rotos, a la hitchcockiana The Ring, donde también hay boxeo pero donde las (inmensas) capacidades del director británico no llegan a donde sí llega Griffith: a la esencial emoción, a la simplicidad como pozo de hondura.

-Una escena, la de Crisp con el hacha derribando la puerta tras la que se guarece Gish, remite directamente, y sin equivocación, a El resplandor de Kubrick. Esos hombres odiosos.

-El chino enamorado, con rostro resignado y fumado (o “flipado”, se diría ahora) durante toda la película, en su postura algo inclinada y su mortal palidez recuerda a Nosferatu (Murnau, Herzog), pero es un benefactor cuya apática vida encuentra un motivo de grandeza en el puro amor y la romántica muerte.

-Tragedia proletaria, universal, film crucial en una manera de entender el cine que ya propone con solidez y sin fisuras, y con inapresable lirismo, el horrible problema del racismo y la xenofobia, de la pobreza y los malos tratos. Y los buenos ratos: pues este sencillo largometraje es de una perfección digna para de los públicos y épocas. Debería ser obligatorio en Navidad y en las universidades públicas. Espero que nunca sea objeto de museo.

-En español la película también se llamó La culpa ajena: mucho ojo, conservadores.