CAPRA Frank (1897-1991)

It's a Wonderful Life (¡Qué bello es vivir!) (1946: 10.0)

Seamos sinceros: el 80% de la población que ve habitualmente películas considerará ¡Qué bello es vivir! una película cursi y anticuada. Anticuada e innecesaria porque nos propone un ideal a partir de un hombre ejemplar (J. Gomá). Por si fuera poco, la película de Frank Capra concluye de una manera apoteósica y feliz. 

¿Qué ideal? El ideal de una sociedad formada por individuos libres y virtuosos. Las personas de esta sociedad son ciudadanos, con sus derechos y deberes. El individuo es parte activa e interesada en esa sociedad y la ayuda a prosperar cada día. Este hombre ideal respeta y quiere a las personas. Es generoso y solidario.

Políticamente, el ideal es la democracia. Económicamente, un capitalismo fundamentado en personas que no se pisan entre ellas, personas que desean triunfar pero que se respetan y colaboran.

El avaro, el egoísta, el malpensado, el descerebrado y el calculador son seres despreciados. Impera la buena fe, las buenas costumbres, el trabajo y la honradez.

¡No digo disparates! Mi admirado cantante Loquillo definió el año pasado esta película de dos maneras parecidas (“En Navidad”, en SModa, diciembre de 2014): “Declaración de principios y valores humanos de ayer y hoy” y “una lección de ciudadanía”.

Háganme caso y no se pasen de irónicos. It’s a Wonderful Life es una película modélica. Modelo ético-estético de lo que el cine puede aportar a la sociedad que lo sustenta, formada por espectadores responsables. Es una película que, aparte de su coyuntura concreta, propone un ideal universal de libertad, igualdad, fraternidad y justicia. Depende de nosotros hacer que el sistema funcione. Es una obra, en este sentido, y pese a las superficies, rotundamente opuesta al escapismo y los cuentos de hadas.

Frank Capra consiguió con esta película su mejor obra y uno de los mayores hitos cinematográficos de la historia. Una obra compleja, perfecta y nada ingenua en la que conviven los buenos sentimientos, los dramas personales y sociales, la comedia de influencia chapliniana, la emoción fordiana, un jovial patriotismo y, atención, la terrible pesadilla: la que el divertido ángel le hace vivir a George Bailey (enorme James Stewart) para que éste verifique cómo sería el mundo, su pueblo llamado Bedford Falls, si él no hubiese nacido. Son minutos más angustiosos que dickensianos.

Estamos ante una película paradigmática e irrepetible, apta para todos los públicos y todas las épocas del año. Vacuna contra el cinismo y la tropelía y potente vitamina para que nos sintamos importantes haciendo cosas importantes todos los días de la vida. 

(Octubre, 2015)