HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

The Lodger: A Story of the London Fog (El enemigo de las rubias (El huésped)) (1927: 8.0)

El enemigo de las rubias (o El huésped) es una película muy atractiva y está entre las más entretenidas que he visto de la época del cine mudo.

Que no, que no siempre disfruto con el cine mudo. A veces me esfuerzo en ver alguna película porque se supone que es importante, pero en ocasiones creo intuir que aún no era un cine hecho y derecho, un cine asentado, un cine “moderno”. Moderno no en el sentido rompedor del término, sino casi su opuesto: un cine ya armónico, con una coherente y estable estructura narrativa y unas convenciones reconocibles.

The Lodger, una de las primeras películas del maestro Alfred Hitchcock, en cambio, es ya una obra que cualquier espectador actual podría disfrutar sin demasiado esfuerzo.

Comprobamos que antes del explícito surrealismo de Buñuel (El perro andaluz, La edad de oro), Hitchcock ya había hechos suyas a la altura de 1927, consciente o inconscientemente (¡por supuesto!), algunas de las aportaciones notables del universo surrealista: el carácter onírico, un humor crudo, un perfumado erotismo, la capacidad para el impacto. 

También está el talante expresionista, en consonancia con las obras que directores como Murnau dirigían en los años veinte (Nosferatu, Phantom, etc.). Y es significativo comprobar cómo en 1927 Hitchcock parecía “adelantado” a otro gigante del cine, Fritz Lang, en lo que comenté más arriba: la creación de un cine narrativo dedicado primordialmente a contar historias concretas con introducción, nudo y desenlace. Habrá opiniones y argumentos de peso sobre esta cuestión, pero para mí no hay color entre El enemigo de las rubias y Metrópolis: la segunda será más relevante desde un punto de vista cinematográfico, histórico y acaso profético, pero la primera es infinitamente más entretenida y está contada con más pulso narrativo, siendo en ese sentido más moderna.

Mencionado Lang, cabe también ver El enemigo de las rubias como precursora de Furia, ésta sí una obra de Lang de superior calibre, en lo que tiene de representación de las masas (la gente) como turba capaz de linchar al que cree culpable. Así, es sugerente comparar esta perspectiva de la “gente” o grupos de gente (como algo reaccionario y cruel) con lo que hacía Eisenstein en esos años. El ruso o ya soviético elevaba esa masa de gente al púlpito solemne de agente histórico, proclamando la llegada de la dictadura del proletariado. Como era gente, como eran “muchos”, ya tenían razón. Por fuerza.

Comprobamos ahí, si se nos permite simplificar ideológicamente de manera brutal, cómo el cine de derechas, con predilección por el individuo y su responsabilidad (en su rama liberal, al menos), habría triunfado a la larga sobre el de izquierdas , amante de los colectivos sin culpa (en su vertiente comunista, sin duda).

Estamos, en cualquier caso, ante una película muy rica, muy sabrosa. Y sabiamente entretenida: un aspecto comercial que ya desde sus inicios tuvo siempre en mente Alfred Hitchcock.

Por último. ¿Qué relación hay entre esta película y alguna obra de Fernando Fernán Gómez, Richard Fleischer, Roman Polanski y David Lynch? Si tuviera tiempo, lo investigaría. Tiro la piedra, en cualquier caso. Algo hay ahí.

(Noviembre, 2015)