SCORSESE Martin (1942-_)

The Wolf of Wall Street (El lobo de Wall Street) (2013: 5.0)

¿Por qué el adjetivo “salvaje” suele ser indicador de una crítica positiva de una película?

Pese a los efectos momentáneos de euforia o masaje, las drogas son adictivas y tienen efectos nocivos. El lobo de Wall Street es, como una droga, una película adictiva. No puedo dejar de mirarla y no consigue apenas aburrirme durante sus tres horas; pero me quedo abrumado por su chillona y salvaje macedonia de imágenes.

Enfrentados a una película de nuestro tiempo, algunas preguntas que podríamos formularnos son éstas: ¿Para qué hacer películas en el siglo XXI? ¿Para qué sirve el talento? ¿Qué nos podría ofrecer el arte en esta época post-posmoderna?

El talento irrebatible de Scorsese se ha quedado estancado en El lobo de Wall Street: en la fórmula pegadiza de Uno de los nuestros y Casino. Repite estrategias en El lobo de Wall Street, una especie de anti-relato de crecimiento en el que el protagonista vuelve a ser un tipo despreciable.

Uno diría que el anciano Scorsese está atrapado en ciertas formas audiovisuales contemporáneas. Sediento de algo que, a la postre, supone una rotunda afirmación de un cine, digamos, lisérgico, aficionado al bótox y la montaña rusa. Un arte desatado y sin mirada personal. ¿Era ese el estilo de Scorsese? No sé si es aquí relevante citar unas palabras de Manuel Vicent sobre Umbral en un artículo de hace un año (“Francisco Umbral, el estilo como venganza”, Babelia, diciembre de 2014): “Suscitaba filias y fobias, pero tenía golpes maestros en cada pieza escrita… Lo tomas o lo dejas, te lo crees o no. Basta con que me admires”. ¿Contra qué o quién se estaría vengando Martin Scorsese?

Pongamos que la primera media hora de la película es estupenda. Qué ritmo, qué diálogos, qué humor roto. Qué desesperanza, Dios mío, Scorsese. El resto de la película, dos horas y media más, es reiterativa, una orgía de imágenes a mil por hora, un remolino de fiestas, drogas, sexo, lenguaje insultante, excesos de todo tipo y economía pervertida.

¿Para qué sirve este cine? ¿Por qué Scorsese no ha querido ni sabido hacer un retrato pausado, realista y duro del tal Jordan Belfort? ¿Tanto le gustaba su mundo de supuesto crimen económico y fiestas descerebradas que se fusionó con todo eso en este extenso spot, en esta vorágine de cinismo especulativo protagonizado por personajes caricaturescos?

Si esta película supone una crítica al famoso “capitalismo salvaje”, entonces también sería una crítica, implícitamente, a sí misma: a este salvaje cine de Martin Scorsese.

 

(Diciembre, 2015)