LACUESTA Isaki (1975-_)

Los condenados (Los condenados) (2009: 5.0)

LOABLE. Es loable verificar ahora que el director español Isaki Lacuesta seguía, en Los condenados, huyendo de las más espesas rutinas del cine narrativo a través de un arte al mismo tiempo cerebral e improvisado. Por desgracia, sin el humilde esplendor de La leyenda del tiempo.

Se diría que Lacuesta encara cada secuencia, cada escena con el ánimo de sorprendernos y dejarse sorprender; por los actores, el ambiente, lo que surja. Por eso su cine puede relacionarse con el de José Luis Guerín, el portugués Miguel Gomes y, a lo lejos, Víctor Erice (con sombras escogidas o azarosas de un Carlos Saura o un Glauber Rocha). Y mencionaré aquí a un realizador español poco conocido, Raúl Rodríguez, autor de trabajos más que dignos como Adiós, hasta luego

Es de admirar, también, la especial nitidez de las imágenes, la belleza plástica de una fotografía que busca con esfuerzo y dedicación fabricar instantes de bonita y dialéctica elocuencia. Y aquí estoy cercano al reproche: “fabricar”, he escrito.

MENOS LOABLE. Lo que me convence menos de Los condenados es la falta de músculo narrativo, la confusa entidad dramática de los personajes y su decepcionante cariz sociopolítico. Me aventuraré acaso con exceso de celo en este último punto, que parece el más controvertido y que me desnudará más a mí que a la película.

POLÍTICA. La película parecería de principio a fin coronada con un halo de nostalgia y admiración por una iconografía política de otro tiempo. He pensado ahí en la literatura de Belén Gopegui, que también aúna la búsqueda de cauces narrativos alternativos con la construcción de un discurso político izquierdista muy a la izquierda de la socialdemocracia. He pensado también, claro, en el partido político Podemos y, en cierta manera, en Los condenados como en un cine “precursor” que podría haber colaborado en la creación del caldo de cultivo idóneo para su surgimiento (junto con la literatura de Isaac Rosa, la propia Gopegui, quizá Marta Sanz y Elvira Navarro, acaso Fernando San Basilio y Pablo Sánchez, por mencionar a algunos autores que he leído; podríamos añadir, pero esto es mucho atrevimiento, al exeditor Constantino Bértolo, al crítico Ignacio Echevarría e incluso al director del museo Reina Sofía, Manuel Borja-Villel).

No sé si debería parecernos paradójico que Lacuesta se esmere en usos atrevidos y experimentales en su metodología audiovisual para llegar a un lugar político que algunos consideramos superado e incluso errado. Supongamos que Lacuesta está instalado en la influyente sentencia de Godard sobre la necesidad de realizar un cine político “políticamente” (que la “forma” sea ya política y desafiante de los usos hegemónicos), pero ¿es esta historia atravesada por una flecha de nostalgia idealista y juvenil sobre ex guerrilleros y ´sobre un guerrillero potencial de las nuevas generaciones lo mejor que nos puede ofrecer Lacuesta? Voy más allá. ¿Es este canto a la naturaleza indígena protagonizado por quejumbrosos o tristes adultos que recuerdan traiciones políticas y vitales pasadas (haber abandonado la lucha armada, haberse rendido, haber huido, etc.) lo más alto y lo más útil que nos puede ofrecer en este siglo un director tan talentoso? ¿Es este tipo de historia lo que más necesitamos en esta época democrática para progresar como personas, como sociedad, como país, como ciudadanos éticos con derechos y deberes?

Pero sin duda le estoy pidiendo demasiado, más que a otros.

DICTAMEN. Estamos ante un cine valioso y creativo construido a partir de matices dramáticos ambiguos y severos y con cierta tendencia a engolosinarse consigo mismo (un uso verbal que he tomado de Mario Vargas Llosa). Arriesgaré un eslogan: es un neo-Godard taciturno con dudosos brotes malickianos y políticas apenas revisadas de un Pontecorvo. Y literariamente, en la senda reputada de un Eduardo Galeano, un Mario Benedetti. Quizá no me haya posicionado correctamente ante esta película, pero según estos discursos actualizados hasta hoy mismo, los enemigos del ciudadano comprometido deberían seguir siendo el imperialismo y el capitalismo, ¿es así?

Modestamente, sugeriría que quizá lo mejor sea ver Los condenados, prescindiendo del Che Guevara y de casi todas sus vías teóricas y prácticas de escape y publicidad, como un western huidizo ambientado en una inquietante selva, en la senda de Deliverance de Boorman, algún cine de Peckinpah o La presa de Milius, pero asentado en abruptos modos de vanguardia.

 

 (Enero, 2016)