ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Europa 51 (Europa 51) (1952: 10.0)

PRÓLOGO. No conozco a muchos aficionados al cine que señalen a Roberto Rossellini como uno de los directores realmente grandes. ¿Será porque carece de aspaviento?

Rossellini nos sigue interpelando con un cine de ideas y sentimientos que rebasan la simple subjetividad de cada persona. Un cine realista de dilemas vitales y políticos que nos atañen a cada uno por separado pero, también, como sociedad y como humanidad. Aunque esto suene a cuento chino.

Como Alemania, año cero, Te querré siempre o Camarada, Europa ‘51 es una de esas películas admirables y emocionantes que realizó Rossellini tras la Segunda Guerra Mundial. Todo un mazazo para la conciencia. El personaje de una espléndida Ingrid Bergman, tras el terrorífico suicidio de su hijo, toma la decisión de comprometerse con los más desfavorecidos. En palabras de José Luis Guarner (Roberto Rossellini): “sólo tiene una certeza: la necesidad de ofrecer todo su inmenso amor a los demás”.

Ella se olvida de sí misma y cambia de vida de manera radical sin pedir ayuda a nadie ni montar una manifestación ni publicitar su bondad a voz en grito. Se compromete con discreción y coraje y renuncia a la inercia existencial y la trivialidad burguesa de cada día. Huye hacia las afueras de la ciudad, de su casa y de sí misma y descubre la pobreza, los niños que pasan hambre, las madres valerosas que luchan por sus hijos, las prostitutas que enferman, el extenuante trabajo físico y los delincuentes con causa. Descubre, en suma, que hay más vida más allá de su terrible pérdida. Más vida más allá de una vida. Aún a riesgo de ser considerada una loca. 

Con un lenguaje cinematográfico preciso y humano, ajeno a énfasis y oropeles (¿qué habría pensado Rossellini de un Sorrentino?), Roberto Rossellini nos regala otra obra maestra que nos obliga a mirar de nuevo el mundo y a nosotros mismos. Una película infinita.

EPÍLOGO. Una obra no exenta de complejidades éticas de todo tipo. Mencionaré una. Es un poquito inquietante observar desde el presente cómo la toma de conciencia de Ingrid Bergman se produce gracias a la intermediación de un amigo comunista. La figura positiva del comunista que ensalza la dignidad del trabajo (mientras Bergman descubría la explotación casi como Chaplin en Tiempos modernos) puede ser problemática porque nos pone el interrogante de si a la altura de 1952 Rossellini no tenía ninguna sospecha de la barbarie del comunismo real, solo un año antes de que muriera Stalin. 

Ay, ese “pasado imperfecto” que describió Tony Judt en un libro enorme e incómodo que debería leer urgentemente nuestra izquierdista populista…

 

(Febrero, 2016)