HERZOG Werner (1942-_)

Fata Morgana (Fata Morgana) (1971: 2.0)

INTRO. La escritora Marta Sanz, en un artículo publicado en Babelia hace un par de años sobre el boom de las series de televisión (“Desprestigio de la palabra”, septiembre de 2014), se quejaba de “la superficialidad de ciertos lenguajes audiovisuales”, de la “anorexia expresiva” y de la “supremacía de la trama” frente a, suponemos, el lenguaje, la experimentación, la originalidad, etc.

Esto probablemente sea así, y ya son muchas las voces (la última que recuerdo, la de Gonzalo Torné en El Cultural sobre Juego de tronos) que ponen en duda esa “edad de oro” de las series televisivas americanas de los últimos tiempos.

No obstante, y aunque esto parezca obvio, querríamos indicar que elaborar un discurso partiendo de lo más opuesto a esa supuesta superficialidad o esa anorexia expresiva no tiene tampoco por qué conducirnos a una gran obra audiovisual. Y ya no digamos reivindicar la “ausencia” de trama como garante de creatividad, innovación,  interés, intensidad, etc.

Digo esto a propósito de la película Fata Morgana.

NUDO. El joven Werner Herzog, en los años más revoltosos del cine, experimentaba con la imagen, la narración, la música, la ficción, el documental.

Fata Morgana es la versión Mayo del 68 de Fantasía, el más ufano clásico de Disney.

A usted le dirán, seguramente: lo mejor para disfrutarla es dejarse llevar por su carácter hipnótico, escuchando a su lúgubre y omnipotente narrador, mirando los paisajes extraños que pasan ante nuestros ojos, intentando solo al final de la obra imaginar qué nos ha querido contar el alemán Herzog con esta “paranoia” alienígena solo apta para fans de rarezas y para veinteañeros intoxicados que quieran pasar un rato flipando en colores.

Pero, miren, yo no me he dejado llevar. No estamos ya para perder el tiempo. Me mosquea y aburre esta obra audiovisual desde el minuto uno. Pieza de museo de arte contemporáneo, antes de que se pusiera de moda meter el cine en los museos. Quizás el brillante Enrique Vila-Matas pueda aún hacer algo por ella en su próximo libro: Fata no invita a la lógica o El mal de Morgana, algo así.

Y pienso que el último Malick, en sus peores momentos, quizá tenga relación con Fata Morgana: esa pretensión de “mito originario” con su creación, paraíso y edad de oro. Esas imágenes bizarras porque sí, tan ambiciosas, tan prepotentes.

Y es verdad: en los últimos sesenta y primeros setenta se llevó la heterodoxia fílmica hasta límites casi insoportables para un espectador con un mínimo de sensatez.

DICTAMEN. Una película horrorosa y una gran decepción herzogiana.

 

(Julio, 2016)