ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Il Messia (El Mesías) (1975: 9.0)

El mal ejemplo produce buena conciencia porque, cuando somos testigos de una conducta reprobable, sentimos nuestra superioridad moral. En cambio, el buen ejemplo que presenciamos gravita pesadamente sobre nosotros, nos abre un juicio y nos obliga a responder del tenor de nuestras vidas, súbitamente bajo sospecha de vulgaridad.

 

(Javier Gomá, Necesario pero imposible)

 

 

El Mesías de Roberto Rossellini contiene episodios célebres de la Biblia (p.e. Moisés guiando a su pueblo) pero, en especial, del Nuevo Testamento: la vida de Jesucristo, con sus momentos más significativos según los cuentan los Evangelios, hasta su muerte y resurrección.

Un Jesús al que vemos como hombre sencillo, predicador sin alardes, carpintero como su padre, hombre afable pero ni vehemente ni risueño.

Miramos al Jesús hombre de cuerpo entero, entre otros hombres y mujeres, en espacios interiores y exteriores, mezclado entre el gentío.

Asistimos a escenas pobladas de numerosas personas, escenas donde el centro suele ser él pero sin énfasis aclaratorios; escenas donde Cristo habla con otros, explica sus ideas y la nueva religión, y responde a las preguntas que le hacen sus discípulos y otras personas curiosas.

 

Es un Mesías modesto y ejemplar (Necesario pero imposible, de J. Gomá) pero no demasiado carismático ni egocéntrico, ni guapísimo ni torturado. Un modelo a seguir si aspiramos a alcanzar la excelencia ética.

Es un Mesías, en su mesura y buen trato, escasamente mesiánico. Muy rosselliniano.

 

Y oímos a Jesús decir algunas de sus frases más conocidas y otras terribles como que no ha venido al mundo a traer la paz sino la guerra.

Y lo vemos en algunos instantes paradigmáticos como el sermón de la montaña, con los mercaderes en el templo, el lavado de pies a los discípulos y la comparecencia ante un Poncio Pilato que, en efecto, se lava las manos y permite que los suyos lo crucifiquen.

Y lo contemplamos crucificado, unos pocos segundos, sin primeros planos ni casi sufrimiento, entre los dos ladrones.

Y luego muerto en brazos de su madre, una joven María ni derrotada ni histérica.

Y María corre luego hacia el sepulcro mientras unos soldados anuncian que está vacío, y María comprueba que su hijo no está allí y mira al cielo, un cielo azul con algunas nubes.

Un cielo que no es el Cielo.

 

Y se acaba esta espléndida película, aún hija de la fotografía sin retoques y del arte realista y humano, modesto y abierto que quiso Bazin. Una película seguramente no apta para los amantes de las procesiones de Semana Santa, los apasionados de los retablos barrocos y los fans del cine vanidoso.  

 

Epílogo. Jesús Cortés escribió hace unos años una perspicaz e informada crítica de esta película, situándola en su contexto cinematográfico y en la carrera de su director.

 

(Septiembre, 2016)