WENDERS Wim (1945-_)

Alice in den Städten (Alicia en las ciudades) (1974: 5.0)

No me convence del todo esta famosísima película de Wim Wenders, o quizá ya es que Wenders en general me decepciona, así que tendré que dejarlo por imposible; o dejarme por imposible. Viendo las valoraciones positivas (antiguas y contemporáneas) que recibe Alicia en las ciudades, debería concluir que el problema no es la película: c’est moi!

Hace ocho o diez años, cuando descubrí París, Texas y En el curso del tiempo e incluso cuando vi en el cine Llamando a las puertas del cielo, Wenders me encandilaba. Enigmático, estiloso, reflexivo, bondadoso. Pero ahora le veo siempre, y bien que intento dejarme llevar, un fondo impostado y una excesiva influencia de las teorías culturales francesas de entonces, Foucault, Baudrillard, el posmodernismo, las diversas formas de relativismo; los dichosos signos y la obligatoria alienación americana.

Yo eso ya no lo compro, como dicen los americanos.

Los personajes no llegan a ser personas y se quedan en bellos iconos, personajes cool de la escena “indie”. Todo está demasiado pensado y medido, todo es en exceso amanerado en la ya conocida apuesta por la sufrida espontaneidad y que la cámara simule captar imágenes frescas. Una apuesta que ha tenido una gran ascendencia, buena y mala, sobre algún cine posterior que quería ser anti-académico, diferente y alternativo, y que podríamos denominar ficción cuasi-documental o documental creativo.

Todo es aquí sucinto, superficial, estilizado y en blanco y negro, con el influjo más de Antonioni que de Bresson. Los trucos de este cine no se ven como trucos pues constituyen el andamiaje de su propia construcción estética, esa que podría haber seguido Godard en los setenta y ochenta para ser, al menos, más comprensible y empático, esa que tanto mamaron después directores de aquí y allá como Jarmusch, Kar-Wai, Linklater o Coixet.

Un cine urbano y cosmopolita, repleto de citas y guiños (Tú y yo, Con la muerte en los talones, etc.) y sustentando en una fotografía brillante e imaginativa (capturando imágenes como Marker). ¿Pero logra construir conflictos veraces y personajes que, insisto, sean personas y tengan miedos y sudor y sentimientos propios? Es decir, no emociones o pensamientos metidos con calzador intelectual por el autor con mayúsculas, ese detrás de la cámara, para quien ni argumento ni personajes parecen importantes.

Lo fundamental sería aquí la atmósfera creada de soledad e incomunicación en una obra preñada de sugerencias que a mí ahora se me antojan bastante inconsistentes y juvenilistas: la asepsia emotiva, un existencialismo demasiado “light” y estructuralista; una insatisfacción que no explota sino que se mimetiza con los paisajes de ciudades. Pobre Alicia.

Los últimos 30-40 minutos son los más rescatables, en los que el anodino antihéroe encarnado por Rudiger Vögler parece encontrar cierto sentido a su vida, cuidando sin ganas ni entusiasmo de la niña Alicia, buscando a su abuela, hasta el final. Es también la parte de la película más poética y en la que la música se carga de significado: de pérdida y ausencia, de cartografía lírica de un territorio, de compromiso.

La niña Alicia también consigue al final, o casi, ser una persona, abandonando la cara bonita del personaje; derrotando a Wenders y Vögler, por así decirse.

 

(Septiembre, 2016)